Encomio para ciegos de remate

17/01/2026, Luis Sánchez-Feijoo López

El mundo puede ser muy rico a condición de que el hombre comprenda la belleza inagotable de las verdaderas riquezas, en donde la audición no es de las más valiosas. Se pretende que este preámbulo constituya la piedra angular del trabajo y de lo que subyace bajo la escritura del sordo autor, quien entiende a los sordos y manifiesta que debido a su grado de sordera se siente muy protegido ante las palabras necias.

No nos resulta imprescindible oír, puesto que lo que verdaderamente hace el hogar propio de uno es el olor de las manzanas en los armarios y el fuego en el lar, Naturaleza y Vida. Fuego, del que un antiguo dijo que es el animal más parecido al hombre y si el hombre se hizo dueño del mundo fue porque domesticó a ese animal y lo asentó en el hogar — hogar con calor de cariño sin necesidad de oír el chisporroteo del fuego.

Toda palabra encuentra a su oído, aun en tierra de sordos; nosotros —los del silencio— “oímos” y sentimos según la expresión corporal del parlante, su vocalización, su pasión, su entonación, su dulzura, su sentimiento… Y nuestras palabras de sordos —dichas desde la introversión— tienen para los oyentes una resonancia vocal que les consuela y encoge; como cuando en octubre se camina en solitario por la orilla del mar.

En el folklore universal y en el mundo mágico de los pueblos más diversos tienen mucha más importancia los ojos, la nariz y la boca que las orejas y el sentido del oído; el oído era arropado por el resto de los sentidos que como hermanos lo protegían contra las agresiones y lo enaltecían ante las exquisiteces. Hoy en día ese espíritu de compañerismo y de apoyo se ha perdido debido a la creación de las distintas especialidades médicas, que hicieron autónomos a nuestros sentidos y ya no se consigue que todos trabajen por una causa común —al igual que la actual concepción del Estado español.

En los tiempos remotos se adoptaron medidas a favor de los sordos: los gaélicos tuvieron un lenguaje de bigotes tan variado como fue el de las flores o el de los abanicos en los enamorados del siglo XIX; el patriarca iconoclasta de Lesbos sólo hablaba por señas; en Baviera se habló un dialecto inspirado por los cerdos cuyo mejor modo de aprendizaje era escuchar y ver atenta y asiduamente los gruñidos de una cerda sorda y en la Galicia arcaica existió escuela para hablar por hilos de colores.

El enorme silencio que sigue a la realización de un milagro, el oír pasar a Dios en el silencio, es la fiesta perpetua que el sosiego y los silencios significan para nosotros —las cerbatanas— y que ellos —los oidores— lo convirtieron en canto gregoriano.

Ante la música reaccionamos como nuestro teniente predecesor Ludwig von B. ya que la música no existe en sí —como el rubí o la rosa— pues está enteramente en el hombre y depende esencialmente de esta respuesta humana. Toda música digna de este nombre expresa algo irreductible y profundo, y que es nada menos que el hombre —en lo que tiene de más particular, de más personal, de más esencial.

Nuestra gaita gallega usa viento de tierra y de mar, los cuales mixturados con aromas de saudade —que el fol lleva dentro— produce una música con tal cantidad de matices que cada individuo oye su particular gaita. Nosotros, como místicos del otro lado del espejo —el <> es nuestro <>— “oímos” a la música por el resto de los sentidos, interiorizándola.

Ya sabemos cómo está actualmente la práctica auditiva con sus avances, técnicas, investigaciones, especialistas y fármacos, pero es mi parecer que en otros tiempos lejanos también estábamos bien atendidos y a menor coste.

En las boticas había píldoras para escuchar cantar a los pájaros. Ahora, de comercializarse pastillas para la escucha serían para oír la generalidad de los sonidos, incluyendo ruidos, lo cual a los tardos nos molestaría debido a la enorme cantidad de charlatanes, deslenguados y vocingleros que se encuentran en la sociedad en general. ¡Qué horror! Yo sólo querría escuchar a los pájaros. Una farmacopea a base de sangre de pájaros —si es cierto que la sangre de las aves contuviera la quintaesencia de su canto— sería buena medida para curar las sorderas de los distintos caracteres: melancólico—jilguero, iracundo— ruiseñor, perezoso—colibrí, apocado—buitre carroñero…

En la cirugía del oído se trabajó con alas de mariposa blanca para reparar tímpanos. Los normandos llaman “almirante blanco” a una mariposa blanca que les anuncia el fin del invierno y es la señal para navegar al sur —especialmente incursiones de rapiña en nuestra rica tierra de Jacobusland—; no emplearon alas de la mariposa “almirante encarnado”, que les indica la llegada del invierno, porque esa ala es más gruesa y rígida que la blanca. También los fenianos hiperbóreos usaron tímpanos de la mariposa blanca ya que les permitía oír el silbido de las flechas, el galope del caballo enemigo o escuchar a través de las paredes del hall real. Un ala de mariposa blanca parece ser que era más eficaz que cualquier “sonotone” de hoy, por mucho hi-fi, estéreo y technicolor que tenga; no necesita pilas, se puede utilizar en la ducha, es lavable, discreto y no molesta para dormir.

El polvo procedente de las cenizas de un árbol de los de la tribu de los árboles fluviales —desconozco cual es pero me gustaría que fuese un abedul, con hojas como monedas de oro— evitaba en los niños la tartamudez de oído, que era como si te estuviese hablando un tartamudo. El hombre a lo largo de los siglos creó anticuerpos contra la tartamudez de oídos debido a que la Dialéctica y la Retórica dejaron de usarse, siendo sustituidas por el cheli, por el chabacano y por demás parlas burlescas. Ya no queda en el Depósito Central de Reserva Farmacéutica del Reino ni una sola onza de ese polvo—por si rebrotase la olvidada peste tartasorda.

Las gentes del condado de An —odiaban la “vichysoisse”— introducían una hoja de menta en el lóbulo auricular para suprimir las palabras que no querían oír. La menta actuaba como un auricular de filtro selectivo, que de surtir efecto en otros territorios alcanzaría gran demanda entre el personal parlamentario. Este recurso no nos alivia ni soluciona nuestros problemas auditivos pero sí que puede darnos otras alegrías a modo de las que se daban los bizantinos con su cocina a base de menta —les retiraba el pudor a las viudas y les daba poder a los viudos.

A fin de curar la sordera se vendía en las parroquias campesinas gallegas un paño verde muy piloso para dejar expedito el oído. Ciertas sorderas se producen porque dentro del oído se introduce una araña que teje su tela de invierno. Para expulsar a la araña se pone sobre el hombro del sordo el paño y el alcalde, en un tambor con parche de piel de cordero nonato hace un redoble imitando el trueno de las tormentas de abril. La araña cree que llegó la primavera, se asoma, ve el campo verde y abandona el oído dejándolo libre. En la actualidad esta técnica ha sido abandonada por los otorrinos a favor de una inyección de agua por el oído, que ni mata ni hace salir a las arañas —saben nadar— pero sí que extrae su señuelo de cerumen… Y la araña continúa en su refugio tan ricamente acomodada.

Los poetas escaldos buscaban en el rocío posado sobre ciertas flores amarillas el don de ver las palabras, es decir, veían las palabras al pensarlas así como el color y el perfume de las palabras, que después llevaban a sus versos; escribían poemas ordenando las palabras por su luz, su aroma, su vestido… Cuando los vikingos hicieron incursiones por la costa norte de Lugo uno de sus poetas contó esta propiedad al bardo de la zona, cuando le acompañaba a recoger rocío. El vate transformó —por destilación de pétalos de la flor con el rocío— esta propiedad poética en medicinal a favor para la sordera. El elixir obtenido lo aplicaba en los oídos de los sordos para que viesen a las palabras tal como eran: altas o bajas, gordas o delgadas, con trenza o con moño, de nariz chata o aguileña, con pecas o sin ellas, morenas o rubias, e incluso pelirrojas. Ninguno llegó a oír sonidos pero todos “vieron” palabras; y ésta es la razón por la que en ese territorio no hay sordos de oficio.

La reverenda madre abadesa mitrada en la abadía de Máter —para profesar en ella se precisaban 24 apellidos de nobleza— mantenía una cátedra desde la que enseñaba Literatura Clásica con latines y letras griegas. Vínole una alferecía que la dejó sorda, por lo cual ofreció hacer una peregrinación a Compostela en cuya catedral el Apóstol hizo el milagro enviándole un pájaro de muchos colores, bizantino de pico y cola, que se le posaba en su hombro y traducía las charlas y preguntas de los interlocutores y alumnos hacia la reverenda madre, que siguió con su afamada cátedra. Por cierto, cuando la abadesa le hizo la petición trató de primo al señor Santiago debido a que ella era pariente del Catolicísimo Rey de España —protector de los Santos Lugares.

Así como existen benefactores efectos para la sordera también están sus opuestos, los maléficos —como siempre, el bien y el mal.

En Camboya existían unas flores azuladas llamadas paipís que no podían ser cultivadas más que por mujeres de estirpe real ya que a las otras les producía sordera e incluso muerte. ¿Qué tenían los hombres camboyanos diferente a las mujeres para que las paipí no les afectase? —Bueno, pues sus cosas—. ¿Qué tenían las mujeres de familia real diferente al resto de las camboyanas? —Su sangre azul—. ¿Qué tendrían las camboyanas que no tuviesen las extranjeras? —Paipís—. Estas flores desaparecieron cuando un régimen político totalitario acabó de modo fulminante con la secular monarquía camboyana.

Las palabras del argumento usadas por los oradores bizantinos podían llegar envenenadas a los oídos del interlocutor de la facción contraria —Azules a favor del regüeldo y los Verdes en contra— ensordeciéndole al introducirse en ellos. A los oradores, antes de discutir en el Parlamento, se les exigía que enjuagasen su boca con una mezcla de agua

salada y orina de corderillo lechal, no trajesen argumentos envenenados bajo la lengua. En el Parlamento de España pueden concurrir dos teorías que no han hecho posible estos envenenamientos: primero, la sordera se alcanza al cabo de un elevado número de debates por la poca eficacia de los argumentos y de las palabras altisonantes, huecas o malsonantes empleadas; segundo, el sapo crudo que deben de tragarse a diario nuestros parlamentarios es antídoto más que eficaz ante cualquier argumento envenenado incluso si el trago estuviese compuesto por agua salada del Mar Menor y orina de toro de lidia con hierro de Mihura. Aquí, en las Cortes españolas no se quedan sordos ¡no! Simplemente no escuchan.

En Babel durante la construcción de su torre no se produjo la confusión debido a una epidemia de sordera; lo que pasó fue que las palabras pasaron a significar cosas diferentes. Si uno pedía un ladrillo el otro entendía una escalera, si el de aquí ordenaba subir el de allí oía bajar y así otras por el estilo. Es lo mismo que me pasa con mi perra —que no es sorda—; si le digo ¡vamos a andar! Ella lo entiende como pregunta ¿vamos a andar? Y si me lo consiente, anda, y si me lo niega, se queda quieta. Vamos, que estoy con la perra al 50% de cómo se estuvo en Babel.

Con eso de que conozco a los buceadores puedo hablar algo sobre sonidos submarinos. Ellos no los oyen porque aunque el sonido se transmite en el agua bastante mejor que en el aire, el mundo submarino “suena” silencioso, salvo las voces de los mamíferos —incluidas sirenas—, y además llevan una capucha de goma que cubre sus orejas. Los peces no emiten sonidos ni para expresar reacciones de miedo, ataque, dolor, alegría o celo.

En la hagiografía medieval puede leerse de santos que hablaban a los peces, especialmente en Galicia, en Bretaña de Francia y en Irlanda; y si les hablaban es porque los peces oían. Podría suceder que el oído de los peces sólo se abre —cuando de lenguajes humanos se trata— a las lenguas célticas habladas por santos.

San Agustín Benito, por Pascua de Resurrección, salía a buscar a los delfines que andaban ociosos por la ría de Muros y los traía a escuchar la Santa Misa que él decía sobre las rocas de Louro. Al finalizar la función los delfines se iban diciendo con acento gallego marinero ¡Amén! ¡Amén! Este santo cuando veraneaba en Sistallo predicaba el Evangelio a los salmones del río Támoga, que le escuchaban atentamente.

Los delfines oyen. En el Báltico —siglo XV— fueron capturados unos delfines que se alegraban y coleaban cuando delante de ellos se nombraba a los príncipes cristianos y lloraban y amustiaban si escuchaban los nombres de los príncipes paganos. En una isla del Caribe —siglo XVI— los delfines se acercaban a la playa si estaban en ella los españoles, a los que distinguían por su habla y porque usaban barba, y se alejaban si estaban los indios, que hablaban en otra lengua, no tenían barba y además se los comían.

En varios lugares de Galicia se creía que cuando venían por aquí los húngaros con sus caravanas —eran grandes pescadores de truchas— atraían a los peces a su anzuelo silbándoles; a día de hoy ningún pescador mantiene que las truchas oyen; sería que los húngaros silbaban melodías más atractivas o que debido a la actual contaminación de los ríos las truchas se volvieron sordas.

También tienen cabida en estos cuentos los personajes de oído fino y de oído grueso que nos sorprenden.

Faruk ibn Farulí era un mago sordo, moreno más que de nación mora, que oía las enfermedades en el interior del hombre debido a que disponía de una sensibilidad especial para entender el lenguaje de las células que componen los órganos internos. Su olfato altamente desarrollado le permitía registrar todos los olores internos a través de la piel. El reconocimiento del paciente se desarrollaba de la siguiente manera: una vez desnuda la persona, Faruk lo oía detenidamente para por el olor poder delimitar la zona afectada, en donde apoyaba su oreja. El mago, siendo sordo para los sonidos aéreos no lo era para los sonidos acuáticos —en el agua el sonido se propaga a cuatro veces mayor velocidad que en el aire— y como el cuerpo humano está compuesto de un 95% de agua resultaba que ibn Farulí oía lo que hablaban las células entre ellas. Que la región afectada era por el estómago, él oía como las células del estómago se quejaban de dolor; otras células le decían que por la zona superior habían visto salir sangre; las del intestino comentaban que desde el estómago hacía unas horas que les estaban llegando restos poco elaborados; las renales comentaban entre ellas que desde hacía dos días las del estómago estaban lamentándose de dolor… y así nuestro mago más que diagnosticar la enfermedad lo que conseguía era entenderla y anularla, por oírla.

La música que derramaba el arpa del artúrico tenía el misterio de poder adormecer a las flores y por tanto era eficacísima ante el enemigo, ya que si dormía a las flores durante el día —de noche no tiene tanto mérito— nada digo de lo que provocaba en los humanos. Los enemigos del rey Arturo tuvieron que contratar a sordos —les costó un dineral por estar muy bien pagados— para poder utilizarlos como centinelas puesto que no les afectaría la música del arpa, eso sí, estos sordos debían de ser reforzados por auditores a fin de la caballería pesada enemiga —que avanzaba sin tocar el arpa— no pudiese llegar a pastar en el jardín real. Este arpista tenía prohibida su entrada a la más callada ciudad del mundo, la Verona de los Montesco y de los Capuleto, —que dio nombre a un fármaco somnífero y tranquilizante llamado <>.

Un piloto árabe escuchaba el sonido de las rocas rompientes desde la lejanía y dirigía de oído a su nave por aquellos difíciles mares. Escuchaba también a un viento despedirse y a otro saludar porque se acercaba a las velas. Y sucedió que le creció desmesuradamente una oreja. Retirado, anciano fatigado del timón, conservaba en sus oídos todo lo que había escuchado en la mar, y así podía dar clases en Basora a los aspirantes a pilotos del Califa de Bagdad. Acercando un alumno su oreja a la gran oreja del piloto podía oír en ella el mar que el maestro quería. De todos los pueblos han sido los árabes los que más fantasearon sobre el oído sutil de sus pilotos; de oír rompientes y vientos marinos pasaron los árabes a escuchar la vida del desierto, el cabalgar distante de una fuerza armada, una tempestad que se levantaba a varias leguas, e incluso el rumor de la formaciones de langosta. Ellos presumen de cultivar el sentido del oído pero yo lo dudo ya que si se enterasen de lo que de ellos contaban las concubinas de harén —en cuanto a hombría— la matanza de los Inocentes sería una nimiedad en comparación con lo que les ocurriría a las “desagradecidas”.

Lindaflora “la Tapia” no era sorda, era zorra —esta lusitana se alababa de sus lunares y de que nunca había probado la “vichysoisse”—. Cuando se acostaba con un cliente se metía algodones en la orejas ya que así no escuchaba al ocupante y podía oírse a sí misma las dulces palabras que recordaba de un amante —vizconde y con guitarra— que había tenido en su país y que repetía imitando su voz en la memoria de su corazón. Y el de turno, tan contento, pues creía que lo alegraban a él en portugués. Si yo, o tú o el otro nos contara…

En las ciudades portuguesas —especialmente en Lisboa— había alcahuetes que ofrecían a sordomudas, que aunque un hidalgo desconfiado intentase hacerlas hablar, ellas permanecían calladas aguantando incluso que les clavaran agujas en las pantorrillas; eran muy buscadas y bien pagadas todavía en el siglo XIX. Se podía conocer si la sordomuda estaba fingiendo por su expresión facial —la pretendida sonrisa de Monna Lisa es el gesto propio de ellas—. Este asunto procede de una tradición oriental y habían sido los portugueses de Cochín y de Goa los que habían traído a la metrópoli la novedad, puesto que por allá ha habido o quizá aún haya una casta de prostitutas silenciosas que no han de cambiar ni una sola palabra con el cliente.

Un monje benedictino del real monasterio de Samos —<>— conocedor de todos los instrumentos —había nacido ya músico— pero no podía oír, que si oía se le pasaba la ciencia de la música a las palabras y de músico se convertía en gramático. El virtuoso fraile tenía una música diferente para cada estación del año, y el día que se le antojaba la música de otoño, cuando las hojas de los árboles la oían comenzaban a secar y caían, y las golondrinas se marchaban hacia el Sur. En verdad que si aprovechara ese magnífico don de crear música estacional para controlar el clima al gusto —lo que implicaría beneficios para la jardinería, la gastronomía, el vestuario, consumo de velas…— las rentas serían pingües y en vez de la sopa boba se podría ejercer la caridad con tocinos y chorizos.

Los hombres del desierto se reúnen por la tarde junto a los pozos para oír la roldana y el ruido del odre en el agua como si asistieran al más hermoso de los conciertos. Para los sordos el concierto sería ver al odre derramando agua, a las tórtolas bebiendo y a los niños sonriendo —qué perla hay más bella. Vida y Naturaleza.

Las personas sordas suelen tener unas hermosas orejas, regalo del Creador como compensación hacia su carencia. Sus orejas lucen como si las hubiesen remojado con leche de cierva —con esa loción que las embellece y colorea, a la moda medieval— de tal modo que las perlas enfermas colocadas en sus orejas sanan y reviven y recuperan su oriente debido al especial entorno en el que se encuentran. Será que los sordos dejamos pasar al exterior nuestro rítmico y relajado sonido orgánico al no percibir interferencias de ruidos externos y por tanto disonancias.

Los carentes de audición pueden empezar a oír por ser testigos de una gran tragedia o porque ante sus ojos se cometa un terrible crimen. La tragedia debe ser de carácter edípica, con el hombre que mata a su padre y se casa con su madre. El sordo oye —comenzando por su propia infancia de sordo— y las palabras le vienen prestadas por sus antepasados, de modo que oye una lengua antigua con palabras que han caído en desuso.

Nada hay más hermoso para uno de trompetilla que contemplar las ondas que a flor de agua dejan los cantos de las sirenas sumergidas. Bueno, quizá me paso en la exaltación pues creo que todavía es más hermoso el amor de los abuelos por sus nietos.

Laus Domine

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