Preámbulo
El unicornio es descrito en las distintas enciclopedias como un animal fabuloso que fingieron los antiguos poetas, de figura de caballo y con un cuerno recto en mitad de la frente. En la Enciclopedia por antonomasia —la de Diderot— se describe como bestia inexistente.
La existencia del unicornio fue discutida durante largo periodo de tiempo, sin embargo, debido al adelanto de las Ciencias Naturales la sociedad desechó definitivamente su existencia hacia finales del siglo XVIII. El origen de las afirmaciones de autores y viajeros que aseguraron verlo parece fundarse en parte en el rinoceronte, muy conocido de los antiguos, y en parte en el narval, de cuyo colmillo los viajeros y navegantes pudieron mostrar algún ejemplar. Algunos viajeros afirmaron haberlo visto pero ninguno pudo dar muestras concretas de su existencia.

Mújica señala que al hombre de la Edad Media lo insólito le aguardaba en cada encrucijada, de manera que era factible topar con un dragón, con un gigante, con un unicornio o con un arcángel, o recibir como regalo una garra de grifo, o que a uno le propusieran en venta —con el correspondiente sello de cera certificando su autenticidad— una reliquia del maná del Éxodo. Basta con contemplar la pintura de El Bosco (1450-1516) con sus seres abstrusos.
Cuenta Cunqueiro que en Francia no ha sido vuelto a ver el unicornio desde la Edad Media y añade que en España, se han publicado unos papeles de un cura de los montes de Cervantes —Ancares lucenses— en los que el reverendo asegura que ha visto al unicornio a las ocho horas de la noche del seis de septiembre de 1692; debe ser la última noticia de su aparición en Occidente. Asimismo, dice Cunqueiro que los dragones desaparecieron antes de esa fecha pues en la crónica del obispo Maler se lee que el último fue muerto en Finlandia en el siglo xi. Lo de que el demonio Mammon dio muerte, en el siglo XVII, al único unicornio visto en Inglaterra no tiene visos de realidad ya que este demonio era embajador del infierno en Inglaterra desde los días de Enrique VIII, y es de todos sabido que un sutil diplomático luciferino sólo puede mentir y engañar.
El naturalista Johston, siglo XVII, en su obra de Historia Natural pinta y describe hasta seis animales poseedores de monocuerno, dos de ellos con melena y uno, al que llama “monoceronte marino”, con las patas posteriores en forma de pies de pato.
Manifiesta Cunqueiro que si en un bosque hay 7.777 ciervos aparece entre ellos el unicornio. Sería buena cosa soltar gamos en los montes lucenses de Cervantes para ver si cuando lleguen a dicha cantidad naciera entre ellos el prodigio, así las generaciones venideras quedarían agradecidas a sus mayores por la tan sin par herencia.
¿Vamos a negar la existencia del unicornio porque lo más del tiempo sea animal invisible, oculto como un sueño? Por ese camino llegaríamos a negar la existencia del alma humana. invisibilidad no quiere decir irrealidad. Yo que vi sirenas creo en ellas, del mismo modo que creo en el unicornio, aunque no lo vi —igual que creyó sin verlo el gran “enfermo sagrado” Julio César, tan admirado por sucesivos césares europeos, zares de Rusia, shaes de Persia y kaiseres de Alemania, que todos ellos se otorgaron el título—. A César le nombro a modo de ejemplo y salvando las distancias.
Recoge Eslava que el mayor enemigo del unicornio es el elefante, al que vence y mata atravesándolo con su cuerno —ese largo cuerno que aguza contra las piedras como el cochino de monte afila sus colmillos—. Según Plinio, cuando se aprestaba a luchar con el elefante, contra el que sentía gran animadversión, aguzaba el cuerno en una piedra y bajando luego la cabeza acometía al paquidermo clavándole el arma en el vientre e infiriéndole una herida mortal — Aníbal, en las Guerras Púnicas, ya había sufrido ese método de ataque en sus cartagineses elefantes, tres siglos antes de que naciese Plinio— . En época medieval se consideraba que ni broquel, ni adarga, ni coleto de piel de búfalo, podía resistir a su cornada. El preste Juan (principios del siglo XII) introduce al león como rival o enemigo junto con el elefante e incluso a veces lo dice vencedor en sus combates.

El unicornio se distinguía por su fuerza, agilidad y fiereza. La acción de cautivarlo es más arriesgada que intentarlo con un león, puesto que corre a tan rápido galope —Chevalier cree que no hay animal que corra con mayor rapidez— que cuando fugazmente se le ve, ya es demasiado tarde. El fuerte animal se encuentra en Job 39.9-10, en Deuteronomio 33.17, en Isaías 34.7, en Números 23.22 y 24.8, en Daniel 8. 5-7-21 y en Salmos 22.21. «Mi cuerno has ensalzado como el cuerno del unicornio», «Empuja con sus cuernos a los pueblos» —expresa Chevalier.
Descripción
El unicornio es representado como un caballo blanco con patas de antílope, barba de chivo y un cuerno en la frente, melancólico, galopante, la cabeza levemente inclinada. Tal descripción puede deberse a confusa mezcla de considerandos.
Durante las exploraciones griegas en la india, siglo V a. C, los expedicionarios avistaron por primera vez a un animal insólito ya que tenía sólo un cuerno frontal —el rinoceronte indio—. Debido a que desde sus anteriores expediciones por Egipto ya conocían al “caballo de río” —hipopótamo— consideraron que ese nuevo animal indio era un “caballo con cuerno”. De ahí la figura del caballo que describieron los antiguos poetas.

En lo que se refiere a sus patas como las de un antílope, se debe saber que en un bosque de la Toscana desde hace siglos —existe constancia documental— es habitado por algunos corzos con sólo un cuerno. O la espesura del ramaje quiebra el cuerno a algunos corzos o la genética de una familia en concreto transmite ese defecto generación tras generación.
Los antiguos griegos y romanos citan a este animal fabuloso, símbolo de la virginidad y de la religión, como originario de la india y que tenía forma de caballo con un solo cuerno largo y puntiagudo en la frente.
Julio César nos cuenta de que en su época había en la selva Hercinia — la describe como una montaña boscosa en Germania, que comenzaba en el país de los helvecios e iba paralela al este del río Danubio hasta el país de los dacios— un animal enorme con la forma de un ciervo, que tenía un cuerno en medio de la frente y entre las orejas, más largo y más recto que los cuernos que conocían los romanos. La descripción resulta notable por su precisión y su carácter directo, y nos convence al menos que una de las mentes más agudas que registra la Historia creyó en el unicornio. Plinio el viejo escribe que tiene cabeza de ciervo, patas de elefante y rabo de jabalí, siendo el resto de su cuerpo como el del caballo —Plinio acumuló los datos para su Historia Natural a partir de 2.000 obras distintas y aparte del unicornio narra el caso de una mujer que dio a luz un elefante; según el sabio romano, el recién nacido no era fruto de una unión indebida sino de un capricho de la naturaleza—. Se desconoce si la obra de referencia del unicornio y la del elefantito pertenecían a un único y mismo autor.
El pensador religioso del siglo i, místico, asceta y viajero, Apolonio de Tiana durante sus viajes a la india, dice su biógrafo, vio los “asnos salvajes” con cuernos únicos, que fueron capturados.
Igualmente, Shepard notifica que Elio, un romano del siglo III, hizo comentarios sobre el unicornio que fueron aceptados por parte de la sociedad tales como su carácter indomable, su preferencia por la soledad, su costumbre de luchar con los de su propia especie salvo con las hembras en época de celo. Su denominado “cartazón” —del sánscrito “kartajan”, señor del desierto— parece describir a un rinoceronte con bastante exactitud, la cual confusión perduró hasta el siglo XIX. Uno de los aspectos más curiosos de esa dualidad es que cuando habla del “asno salvaje” resalta mucho las propiedades mágicas de su cuerno, pero cuando pasa a hablar del “cartazón” o rinoceronte, que es el único al que se le atribuyeron esas propiedades, no dice una palabra sobre ellas.

Ctesias lo pinta como un “asno salvaje” blanco, de extraordinaria ligereza, que ostentaba en su frente un cuerno.
Opiano habla de cierto buey beocio griego que tiene las pezuñas enteras y un pesado cuerno en medio de la frente. Se sospecha que erró en cuanto al hábitat e incluso a la especie de estos bueyes cuando a sus cuernos los colorea en blanco, negro y rojo. Los autores griegos y romanos al unicornio le asignan el cuerpo blanco, la cabeza roja y los ojos azules.
Consigna García que el Physiologus griego —el texto bestiario más difundido en la Edad Media después de la Biblia— relata que el unicornio es un animal pequeño como una cabra; pero es muy huidizo y los cazadores no pueden acercarse a él pues tiene gran astucia. Tiene un cuerno en mitad de la cabeza.


El Bestiario no moralizado de Cambridge —añade García— describe al monoceros como un monstruo de horrible bramido con cuerpo semejante al del caballo, pies de elefante y cola de ciervo; del centro de su frente brota un cuerno de asombroso esplendor, de hasta cuatro pies de largo, muy afilado y aunque es posible matarlos, no se les puede capturar.
Una carta del preste Juan relata que existen unicornios de tres clases, verdes negros y blancos, y que a veces matan al león, aunque el león los mata a ellos con mucha astucia, pues cuando el unicornio está cansado de perseguirlo se apoya contra un árbol y ahí el león da la vuelta; el unicornio pretende herirlo con su cuerno, pero golpea el árbol con tanta fuerza que después no puede arrancarlo, y entonces el león lo mata.
El cuerno que en un principio era liso y ligeramente curvado hacia atrás se decantó en su representación iconográfica —relata Cunqueiro— por un cuerno recto y espiraloide; Mujica lo nombra extraño tornillo de luengo marfil. La razón de ello se me ocurre pensar que es debido a la venta en las ferias medievales europeas, por parte de los hiperbóreos, de los estimados dientes de narvales árticos. Los cuernos —verdaderos o falsos— que vendían en la feria de Medina del Campo los alemanes y eslavos los traían envueltos en corteza de roble, para de este modo disimular el posible engaño, y mantener a plena vigencia su carga de propiedades curativas. Extrañas mercancías han circulado, secretas, por las ferias medievales de Europa, lo menos era el cuerno de unicornio —en polvo o completo—, como por ejemplo un colmillo de dragón o el agua que vertida en una copa permite ver al que mira el nombre del lugar de su muerte. Una espina de dragón, en forma de pirámide de color verde, de sabor salado y de peso una tonelada fue llevada a Marienburgo por los caballeros teutónicos, que cuando estaban reumáticos pasaban la lengua cinco veces al día por ella y mejoraban. En estas ferias de Medina del Campo, continúa Cunqueiro, incluso se podía conseguir la piedra bezoar extraída del estómago de algunos animales como contraveneno o antídoto, también licores secretos para recuperar la perdida juventud; además de trigo y lana como principal mercado. Es curiosidad que en esa feria le fuese ofrecido al rey Fernando el Católico el nombre secreto de Roma —nombre secreto de la Roma secreta que no el de la Roma real— que no pudo comprar debido a no llevar dinero suelto, no porque no se lo creyese —digo yo—. (El dios egipcio Ra era omnipotente gracias a que sólo él conocía su propio nombre secreto). Yo supongo que en realidad el aragonés Fernando iba a por un cuerno de unicornio para sus devaneos amorosos; Isabel ya tenía «fístula en las partes vergoñosas e cáncer que se le engendró en natura»— y contó lo de Roma para disimular ante la castellana.
Esencia
En opinión de Eslava al unicornio le gusta reposar al pie de los árboles en que anidan las palomas, ya que por ellas siente marcada inclinación. Siendo como es tan receloso de la humana compañía se oculta en los espesos bosques antiguos en donde habitan muy fieras serpientes voladoras y dragones terrestres de esos que conviene matar junto a un lago porque así la sangre fatal no infecta la tierra y se disuelve lentamente en el agua lacustre; a los nueve años de haber recibido sangre de dragón, el lago queda de nuevo apto para que en él se bañe un niño o una virgen sin temor a que su piel se le cubra de escamas. Por darle más consistencia a esos bosques yo creo que también en ellos se encontrarían a gusto los basiliscos y los grifos.
Más amable lugar de localización —expone Cunqueiro— sería en el consabido paraje ameno de la tradición grecolatina, el claro del bosque con un lago de aguas quietas sobre la que posan las finas puntas de las ramas del sauce llorón en donde charlan las torcaces. Mujica apunta que los Bestiarios medievales exigían la doncellez de la dama, pero también la hierba dulce y blanda como plumón de pájaro recién nacido; con ello, el unicornio se humillaba.
Cunqueiro formula que era tanta la inocencia del mundo durante el encuentro de la muchacha virgen con el unicornio que haciendo sol, volando pájaros cantores, deslizándose por los aires peces y delfines, niños jugando en los manzanos saltando de rama en rama, comenzaba a nevar y se encendían hogueras en el agua misma de las fuentes.
Al unicornio no se le puede cobrar vivo porque, de cualquier forma, muere pronto en cautividad. San Gregorio y san Isidoro (ambos siglo VI) también enjuician que el animal moría de tristeza si se le tenía en cautividad y que sentía marcada inclinación por las palomas. Plinio el viejo ya había dicho que a ese animal no se le puede capturar vivo.
Para el unicornio una virgen supone una atracción. Narra Cunqueiro que, según los tratados, los unicornios debían hacer tres reverencias antes de tocar con el hocico la falda de la doncella. Apoya la cabeza en el regazo, cierra los ojos y se duerme. La muchacha cruza los brazos sobre el cuello del animal y se duerme a la vez, por el efecto del aroma que desprende después de la galopada. Quizás el unicornio lleva décadas sin dormir relajado, vigilante, vagabundo, hasta que en el claro del bosque la halla sentada y entonces, manso, se detiene y se le acerca.
Para Plinio el unicornio huele a la doncella y va a poner su cabeza terrible —debe de ser en fealdad, volumen y peso, más que notable— en el regazo de la niña: entonces se deja cautivar fácilmente porque abandona su habitual fiereza y la torna en mansedumbre.
La virgen en la intrincada umbría aguardará a la aparición. Mujica sigue relatando que entonces acontecerá lo que los exégetas han reseñado reiteradamente: el monocorne, con la defensa recién aguzada en una roca se parará, huyendo de cazadores y lebreles, deslumbrado por el resplandor de la virginidad; vacilará un segundo; luego doblegará la cabeza; se aproximará a la doncella lentamente y, mientras ésta lo acaricia, depositará su testuz con un enamorado suspiro en su regazo, y entrecerrará los ojos. Quedará como enajenado, tan distante, tan olvidado de todo, que los cazadores lo ultimarán con sus flechas, venablos y picas, sin que oponga resistencia alguna.
Si la doncella en cuyo regazo se durmió lo besa en el tibio hocico, narra Cunqueiro, el unicornio queda enamorado de ella para siempre y la sigue como un perro fiel. Pero si ella se casa, el unicornio desaparece la víspera de la boda; en una leyenda germánica se narra que el unicornio, entristecido, se da muerte desgarrándose el vientre con su único cuerno.
Religión
Mujica muestra que muchos preclaros personajes han tratado a este enigmático ser monocorne, comenzando por los autores de los Salmos en los cuales representa en primer término el poder de Dios y luego la fuerza vital de los hombres; Tertuliano y Justino (ambos siglo II d.C.) lo utilizan para caracterizar a Cristo; Prisciliano (siglo IV d.C.) llamó a Dios “unicorne”; san Nilo (siglo x) según el cual el monje es un unicornio; san Basilio (siglo IV d.C.) designa a Cristo como “filius unicornium”; san Ambrosio (siglo IV d.C.) expresa que el nacimiento del unicornio es un misterio equiparable a la concepción de Nuestro Señor. En alegoría eclesiástica se representa a Jesucristo con este animal, y con su cuerno, la insuperable fortaleza del Señor. La mujer junto al unicornio hacía recordar —en opinión de Chevalier— a Nuestra Señora y a Su Hijo.
Según los talmudistas, detalla Cunqueiro, Noé no pudo meter al unicornio en el Arca debido a su gran tamaño —similar al rinoceronte blanco que pesa unos 3.600 kilogramos— por lo que tuvo que nadar todos los días del Diluvio. Y se atreven a ampliar el relato consignando que estuvo nadando fuera del Arca, su único cuerno recién aguzado en una roca atravesando el costado de la nave, a babor, sobre la línea de flotación —otras escuelas del Talmud difieren y muestran que la forma de llevar al unicornio fue atado por su defensa al casco del barco—. Que fuera en babor y no en estribor pudiera ser explicación plausible para que a partir del Diluvio las normas internacionales de navegación exigiesen a las embarcaciones llevar una luz roja, peligro, en su banda de babor (se considerará que en Salmos 28.10 el Diluvio se traduce como «océano celeste o mar superior formado por las nubes»... y por tanto lo que hizo Noé fue navegar por esas aguas). Lo de llevar un cuerno de al menos un metro de longitud clavado al casco de madera de acacia podría: ocasionar vía de agua si el casco del Arca tuviera un espesor similar al de un navío de guerra español para la Carrera de indias (siglo XVII), lo cual es improbable, pero sería posible si se hallase un documento en donde se constatase que en aquel tiempo anterior al Diluvio se talaron todas las acacias en el Oriente Próximo; y de ser cierto lo de que iría clavado al casco soy del parecer de que el animal no llegaría vivo al término por tener —al menos un mortal dolor de cabeza por tortícolis— el cuello descoyuntado, ya que quedaría atravesado al sentido de la marcha durante 40 días y 40 noches.

Otros autores islámicos tienen lecturas opuestas. Rabí Jannaj opinó que en el Arca iría una pareja de unicornios recién nacidos. Bar Hana contó que había visto una vez un unicornio joven y que era tan grande como el monte Tabor; hizo aguas mayores y su estiércol obstruyó el río Jordán. Rabba Johanan afirmó que dentro del Arca solamente iba su cabeza, pero el maestro dice que se tardaba media hora en andarla a buen paso. Res Laquis resolvió la cuestión diciendo que era probable que ataran su cuerno al Arca.

Para Cunqueiro, su muerte por un cazador oculto en la espesura mientras el ciervo —me gusta más que sea ciervo y no caballo, pero ya se sabe que hay gustos y gustos— descansa su cabeza en el regazo de la virgen, fue puesta de ejemplo por algunos Padres de la iglesia (siglos II al VII d.C.) tratando de la Degollación de los inocentes por orden de Herodes. El cazador se aprovecha de la inocencia del unicornio dormido, puro, casto y sentimental. La presencia del Maligno también mata al unicornio —si éste no está constipado— pues sería incapaz de soportar su olor sulfuroso, su soberbia y su carencia de amor.
Manifiesta el autor de Papeles que fueron vidas que Confucio tuvo dos encuentros con unicornios, uno antes de nacer y el otro antes de morir. Un unicornio —“k’llin” en chino— se apareció a su madre cuando ésta lo llevaba en su seno. La madre ciñó con un rico lazo el cuerno del cérvido, el cual se fue; dos días después nacía Confucio. En el 481 a. C., un unicornio fue muerto en una cacería y creyéndole animal de mal agüero lo dejaron tirado; le dieron noticia a Confucio, el cual fue a ver el cuerpo de la bestia maravillosa: se echó a llorar y exclamó «mi Tao está agotado»; muy poco tiempo después Confucio murió. Los melocotones de la inmortalidad se dan en China en unas montañas cuyas cumbres se ocultan por una niebla dorada, y es allí en donde los unicornios pacen la hierba que crece en el prado vecino al monasterio en el que predicó Confucio, a la sombra de los melocotoneros. En los tiempos perfectos aparece el unicornio, con el fénix, en los jardines imperiales de China.
Un movimiento místico musulmán, que principalmente tiene adeptos en Iraq, lo dirige un maestro que tras varias sesiones de meditación es capaz de lograr que los fieles vean al unicornio. Esa visión es el comienzo de la iluminación y de la sabiduría. Entonces comienza el segundo grado de la enseñanza en el desierto, en compañía precisamente del unicornio.
Los pueblos pastores como los cafres del sudeste africano, los ganaderos dinkas del Sudán nilótico y los de Nepal cortaban uno de los cuernos al animal más adecuado y lo convertían en el guía del rebaño. Un guía que se puede considerar sacro —razona Cunqueiro—. En pueblos tan alejados en la geografía y en la historia ¡un unicornio como guía!
Medicina
Muestra Cunqueiro que el cuerno de unicornio cura enfermedades, embebe de amor el alma de quien lo masca y hace invisible al que lo toma en infusión durante nueve días. Para Eslava es el remedio universal contra el veneno a pesar de que, según Perucho, en Venecia hasta muchos años después de que Marco Polo hubiese divulgado sus otras propiedades no se descubrió que fijaba y daba vigor al veneno de antimonio, al de mercurio y al de fósforo, que causaban muertes horrorosas al ser mezclados con polvos de esos cuernos. Prosigue Perucho que en Venecia se vendía junto al Rialto, en cajitas precintadas con sello de mandarines chinos, ese compuesto de veneno y de polvo de cuerno; sin embargo, esa clase de venenos podían descubrirse porque el corazón del envenenado no podía ser destruido por el fuego, tal como aconteció con la gentil Simonetta dell’Arbore que fue envenenada por su marido. Dice Eslava que no hay seguridad de que en toda la Cristiandad haya un cuerno verdadero de unicornio fuera de los tres que hay en la iglesia de San Marcos de Venecia.
La credulidad cooperó para transformar en cuernos de unicornios gran número de dientes o de cuernos de otros animales que astutos vendedores hacían creer que dientes de narval o cuernos de rinocerontes, de ónix o incluso de jirafa, eran verdaderos cuernos de unicornios.
A Apolonio de Tiana le contaron en la india, que las copas hechas con cuernos de “asnos salvajes” —cuerno único que les brotaban en la frente— las utilizaban los reyes de la india, convencidos de que quienes bebían de ellas estaban a salvo de la enfermedad y del veneno durante aquel día. También Ctesias, médico en la corte de Artajerjes Mnemón (400 a.C.), habla de que los indios fabricaban vasos que tenían la virtud de preservar de todo envenenamiento al que en ellos bebía.
Los reyes y príncipes de la Edad Media, siempre temerosos de ser envenenados, se procuraban vasos de cuerno fabricados con el del unicornio, porque el vino bebido en estos vasos neutralizaba los efectos del veneno. Reseña Mujica que en la catedral de Toledo se conserva el vaso a prueba de venenos que perteneció a Felipe el Hermoso —que no era bello—; su fermosura era del tipo dinámico por ser elegante bailarín, hábil jinete, diestro justeador, a la par que se embellecía con joyas, armaduras y alcurnia. El sultán de Egipto regaló al florentino Lorenzo de Médicis (siglo XV) una jirafa que tenía cinco cuernos de los cuales los tres centrales tenían virtudes medicinales y afrodisíacas; la jirafa murió de anginas, pero no se especifica si el deceso ocurrió antes o después de la extirpación de las tres protuberancias.
Detalla Mujica que Torquemada, el inquisidor general y confesor de Isabel la Católica (siglo XV), usaba como copa de mesa un cuerno de unicornio a fin de neutralizar cualquier veneno que contuviese. Temía que al ser envenenado pronunciase algún juramento que le llevase a las tinieblas ¡después de todo lo que había hecho por la Santa inquisición!
El asta de unicornio poseía la virtud de preservar contra los sortilegios y de ennegrecerse al entrar en contacto con cualquier materia venenosa. Por eso los árabes incrustaban un trozo de cuerno —cuando podían conseguirlo a cambio de bolsas de oro— en los mangos de sus cuchillos que empleaban en sus festines; en este caso, si la comida era tóxica, un leve sudor informante cubría la hoja de metal. Lorenzo el Magnífico tuvo uno de estos cuchillos cuyos mangos trasudaba cuando los manjares estaban envenenados y se ennegrecía ante cualquier sustancia tóxica.

El cuerno contra sortilegios —prosigue Mujica— tiene su razón de ser, ya que el de un unicornio, cuando está bebiendo en un río, en ese momento su asta parece de transparente cristal por el que pasan moviéndose delicadamente borrosas figuras en cuyo diseño se descifraban los hechos del futuro. Supongo que el oráculo de turno usaría una talla de cristal de roca en forma de cuerno y acercándola a la superficie del agua en movimiento idearía, por los reflejos tornasolados, lo que el angustiado poderoso quisiese oír —para beneficio de ambos.
Hacia finales del siglo XIV es cuando se generalizó el uso de cuchillos y vasos de cuerno en el servicio de mesa, y si en Europa occidental apenas pasó del siglo XVI, en Rusia y Polonia alcanzó hasta fines del XVII.
Cervantes habla de los «polvos de unicornio» empleados como antídoto, aunque de antes esas «raspaduras» — en opinión de Eslava— ya eran apreciadas como medicina en el trato venéreo. Enrique IV de Inglaterra se casó dos veces y sus mujeres —documenta Cunqueiro— se lavaban los eczemas con ceniza de mandrágora y polvo de cuerno de unicornio.

Los reyes de Aragón tenían especial aprecio por los cuernos de unicornio. Este conocimiento ya lo recibió Fernando de Aragón en su temprana juventud y de ahí su anhelo por conseguirlos en las grandes ferias de entonces.
Felipe II —muestra Mujica— no permitió que la botica del Escorial estuviese sin polvos del cuerno del cérvido famoso y hubo de pagárselo al contado a un genovés. A mediados del siglo XVIII todavía existía polvo de cuerno de unicornio en la botica del Palacio Real de Madrid, el cual por sus virtudes medicinales se recetaba para curar la tos, la fiebre terciana, el mal de ijada —bajo vientre— y la melancolía. El rey Felipe v los tomaba con miel serrana.
Ambroise Paré, médico de Enrique iv de Francia, ya en 1582 había puesto en duda las virtudes medicinales del cuerno; con igual sentido declaró que hubiese negado la existencia del unicornio si no fuera porque aparece en las Escrituras. Este mismo cirujano igualmente denunció la venta de momia egipcia como remedio medicinal.
Para Chevalier, si un pozo lo envenenaran o lo ensuciaran podía llegar un unicornio introducir el cuerno y el pozo quedaría purificado. Es fama —opina Mujica— que si el monoceronte «hundía su cuerno en un río» para beber agua, el líquido hervía formando una espuma que hacía huir a las alimañas mortíferas; entonces los demás animales aprovechaban para beber por turno, y el unicornio benéfico quedaba aparte, bajo el árbol que poblaba el zureo amoroso de las palomas.
Consigna García que el Physiologus argumenta que en los lugares en donde el unicornio vive hay un lago al que todos los animales acuden para beber, pero antes de que se reúnan llega la serpiente —el dragón antiguo y la serpiente voladora eran intercambiables en el pensar altomedieval— y derrama su veneno sobre las aguas y cuando los animales lo advierten no se atreven a beber, sino que se apartan y aguardan al unicornio. Llega éste, entra directamente en el lago y «hace la señal de la cruz con su cuerno»; entonces el veneno se hace inofensivo y todos los animales beben.
Anota Cunqueiro que los unicornios irlandeses son sexagesimales —es obligado como gaélicos que son— y su siglo se compone de 60 años, divididos en cinco docenas; al final de cada docena —para nosotros los de la medida centesimal sería al final de los años 20-40-60-80-00— el unicornio se purifica en una laguna en la que nunca se haya mojado un humano. En la laguna de Cospeito de Lugo está prohibido el baño desde hace lustros, por lo que el agua que contiene ya está más que despejada de sudores, humores y efluvios de humanos; ello me llevó a colocar en los bosques próximos anuncios para unicornios escritos en latín y en gallego, con reclamo de una fotografía a colores de rubia muchacha que pudiera ser virginal.
El polvo del cuerno del unicornio —cuenta Cunqueiro— era el primer componente para fabricar en la botica de los antipapas de Avignon (siglo XIV) el licor o licores llamados «sueños de bulto» que son aquellos en que el soñador ve pero además toca con las manos, en las que quedan huellas de lo tocado en sueños. En la fórmula del licor, además del cuerno, entraban la llamada «tertulia de los humores» con agua insecticida, semen de camello y del ratón campestre. No cabe duda de que la cismática Curia disponía de buen “librarium” sobre unicornios, de excelentes boticarios y de ansiosos consumidores que les llevaba a ser excitados soñadores.
El ungüento de hígado de unicornio —reseña Eslava— es mano de santo en las heridas, por lo que deduzco que sería un componente del afamado bálsamo de Fierabrás que en esos tiempos era remedio fulminante para curar heridas producidas por hierro. Con polvos del hígado desecado de un unicornio similar al que dijo ver Bar Hana —del tamaño del monte Tabor— se hubiese podido curar a todos los guerreros heridos por armas blancas durante siglos y siglos.
Curiosidades
Aristóteles habla de dos clases de animales que tenían un solo cuerno: el ónix, especie de antílope, y el llamado “asno de la india”. El cuadrúpedo que los antiguos creyeron que era el unicornio debió de ser el ónix —también denominado en desuso “buey salvaje”—. Este cérvido habita en el Alto Egipto, y siendo un antílope, su forma recuerda a la del caballo siendo corriente que uno de sus paralelos cuernos se rompa en luchas a las que estos animales se entregan.
Mujica expresa que no sólo escritores religiosos se ocuparon de este confuso animal sino que la curiosidad se apoderó también de la sociedad civil cuyos conductores fueron Ctesias, Plinio y los naturalistas alejandrinos, que describieron coloridamente al monoceronte; el preste Juan, que pintó (siglo XII) la guerra del unicornio y el león; Felipe de Thaon (siglo XII) que lo incluyó en su Bestiario; Guillaume le Clerc y su Bestiario (principio siglo XIII); Thibaut de Champaña (1201-1253) que en una cantiga lo empleó para elaborar una imagen encantadora del amor cortés; el escéptico médico Ambroise Paré (siglo XVI); y así hasta los contemporáneos Jung, el erudito Odell Shepard y el delicioso Bertrand d’Astorg.
Plinio dice que los indios cazan un animal sumamente salvaje llamado “monoceros”, sin embargo este historiador usa el término “monoceronte” en vez del anterior.
Cunqueiro expone el sucedido de que alguien en el bosque oye una flauta y sorprende al unicornio recostado y cantando, imitando con su boca a la flauta de plata de la Capilla de Música de la catedral de Truro en Cornubia —capital de la actual Cornualles—, que a este famoso instrumento, dicen en Gales, es lo que se parece el canto del unicornio. Ahora ya no se le oye, como tampoco se le oye al tritón o a la sirena, ni al ruiseñor de las esmeraldas en la india —una avecilla que sólo canta si come esmeraldas.

Desde el siglo XIV la mayor parte de los cuernos de unicornio que se vendían en Europa eran traídos por navegantes, que los encontraban en los mares del Norte. Los marinos creyeron haber dado con la pista del misterioso animal, pero como los viajeros antiguos habían dicho que el unicornio vivía en las cálidas llanuras de la india y la Etiopía, hubo que considerar a este animal de los mares árticos como un ser diferente. Así nació el “monoceronte de mar”, que Jhonston pinta andando a modo de caballo en seguimiento de una bandada de peces. El famoso cuerno no era sino el diente del narval.
Mujica describe de un caballero que «el lanzón que llevaba asegurado en el estribo no era de fresno, sino una defensa de unicornio, un cuerno seis pies y medio de largo, por lo menos, como el que a Carlomagno envió el rey de Persia». Esa desmesurada longitud del lanzón me lleva a pensar que era diente de narval.
El cuerno de unicornio era arma terrible, tan aguda y dura, que nada podía resistirlo. Plinio detalla, según Shepard, que el unicornio muge espantablemente y que su negro cuerno mide dos codos de largo. Ctesias lo mide en codo y medio de longitud. El escritor latino Julio Solino (siglo III d. C.) acepta las opiniones de Plinio, en general, pero aumenta la longitud del cuerno y llama al “monoceros” «monstruo», epíteto contra el que claman con vehemencia los piadosos de tiempos posteriores puesto que consideran sacrílego y mala zoología llamar monstruo a un animal mencionado en la Biblia. No concuerdo con esta opinión de Shepard puesto que en la Biblia el monstruo Leviatán se nombra en Job 40.20 e Isaías 27.1; también se titula como monstruos a Rábah y a Tannín en Job 9.13. Razona Shepard que la breve alusión de Plinio al unicornio es importante, sobre todo porque durante más de un milenio las creencias en Europa sobre esos animales las asumieron casi todos los que leían en latín.
Eslava Galán formula que «… en otra caja se encontró, en el Real Monasterio de la villa de Guadalupe, los restos de Enrique IV el impotente envueltos en un damasco brocado del siglo xv, sudario de lino, algo de ropa de terciopelo, calzas o borceguíes. Se procedió a la medición antropológica de la momia y examen de las telas, retirando un trozo pequeño de damasco para su estudio, el cual pasará al Museo de telas y bordados del Real Monasterio. «En un ángulo de dicho cajón se halló un objeto fusiforme gris que, remitido para su examen e identificación al instituto de Biología Animal del C.S.i.C., resultó ser un fragmento de cuerno de rinoceronte africano». Estoy convencido de que si se exhuman los restos del rijoso Felipe IV o del protuberante Carlos II o del fálico Fernando VII, aparecería algo por el estilo en cada uno de esos túmulos.
En la primera mitad del siglo XVII—cita Landín— todavía era estimadísimo el cuerno de unicornio, panacea sólo accesible a bolsillos muy repletos, según queda patente en un párrafo del testamento de nuestro Felipe III: «item, es mi voluntad que también se conserven y anden juntos, con la sucesión, seis cuernos de unicornio…, para que tampoco se puedan enajenar ni empeñar».
En Francia, hasta el 1789 —comienzo de la Revolución—, figuraba en el ceremonial de la Corte la prueba de los manjares, bebidas y utensilios de mesa con ayuda del cuerno del unicornio. Esa ponzoña que sólo aparece en el aparato regio de los grandes banquetes políticos.
El narval recibe el sobrenombre de “unicornio marino” por pertenecer a la especie de los mamíferos cetáceos del suborden de los carnívoros, sección de los denticetos, familia de los monodóntidos —“Monodon monoceros L”—. A la otra especie de la misma familia pertenece la beluga, pero no tiene entrada en este trabajo.
En la actualidad existen dos aves unicornio: la “Pauxi unicornis”, paujil unicornio, del orden de las galliformes, género pauxi y la “Anhina cornuta”, aruca o arauco, del orden anseriforme, género anhina; ambas con copete córneo que habitan en la mitad septentrional de Sudamérica.
Los insectos coleópteros nos muestran dos familias cuyos ejemplares son unicornios, en la familia de los lucánidos está el “Sinodendron cylindricum” y a la de los escarabeidos pertenecen el “Copris lunaris” y el “Oryctes nasicornis”.

La malacología nos enseña a la concha marina “unicornio”, a otra llamada bicornio y una tercera conocida por tricornio. La mineralogía cuenta con un mineral amarillo, ceniciento o pardo, que por ser liso y por la figura se parece a un cuerno y debe su nombre de “unicornio” porque se le atribuyen muchas virtudes de las supuestas al cuerno del unicornio. Se encuentra en Italia y en Alemania. La constelación del hemisferio boreal conocida por “Monoceros” —Unicornio— es dibujada por vez primera en 1624 y limita con “Orión” y con la “Canis Maior”
En los días caniculares con noche de luna llena, apunta Cunqueiro, el cuerno del famoso cérvido destila tres gotas de miel que al caer al suelo se convierten en los topacios de la buena fortuna. En la india muchos nobles señores, rajáes y maharaháes tienen en sus tesoros esas preciosas piedras que aseguran al poseedor larga vida, riquezas, virtud y espíritu de justicia. Los Habsburgo de Viena tenían dos y también era poseedora de ellos la Corona de Escocia.
Cuando Alejandro Magno —ya dueño del imperio persa— bajó a lo submarino en el Índico había pasado en su preparación 40 días comiendo sólo carne —notifica Cunqueiro— y no pronunciando ni una sola vez el nombre de un pez, como precauciones para apartarse lo más posible de la fauna piscícola, y una vez en inmersión no poder ser tenido por nadie como miembro de ella. Antes de meterse en el tonel se ciñó con una túnica de lana empapada en sangre de unicornio —animal terrícola por antonomasia al que había visto en sus incursiones por Persia e india— al efecto de multiplicar su carácter terrestre y no acuático.
El escudo de armas de Escocia (siglo XII) es flanqueado por dos figuras de unicornios rampantes, a pesar de que el unicornio no fue usado en la heráldica temprana hasta que se volvió popular a partir del siglo XV. Es notoria su antigüedad y también el hecho de que ambos unicornios escoceses están sujetos o “agarrados” con sendas cadenas. Me pregunto si en el siglo XII ya los escoceses tenían esa fama que les precede.
En los seis tapices de la colección “La caza del unicornio” (año 1455) el tema se desarrolla así: el animal está encerrado, se escapa y cruza un río, los perros lo acosan y uno es corneado, los cazadores continúan la persecución con leones y otros animales, siguen su marcha con los perros hasta que el unicornio muerto es llevado a la presencia del señor y señora del castillo. No se caza con cebo virginal sino al acoso con jauría.
En otra colección de seis tapices conocida como “La dama del unicornio” (año 1480) se presentan: En el primer tapiz la dama está en el acto de dejar o tomar un collar o cadena enjoyada, delante de una tienda; los otros cinco restantes son una alegoría de los cinco sentidos representados en las acciones de la dama. Esa dama ricamente ataviada, sin mostrar los senos, está flanqueada por un unicornio —castidad— y un león —valor—. El autor creía que el unicornio y el león pueden estar juntos sin pelearse, en desacuerdo con el preste Juan.
Aparte de los tapices, esmaltes, orfebrería,... el unicornio aparece numerosas veces representado en miniaturas y en miniados medievales, e incluso hasta en monedas como las del rey inglés Jaime III (1688-1766).
Antiguas insculturas de toros tallados de perfil se pueden confundir con figuras monocornes. Algunos cuadrúpedos portan cuernos tan simétricos que se confunden y parecen uno solo cuando se le mira estando de perfil, por lo que en los petroglifos egipcios y asirios los animales de cuernos se representaban como si poseyeran uno solo. Ctesias es posible que creyera ver al ónix de un solo cuerno, en las esculturas de Persépolis, en las que el buey se halla representado por silueta como si realmente sólo tuviese una defensa.
María José Domingo en su doctorado trabajo titulado “Bestiario de iglesias románicas en la provincia de La Coruña” documenta en híbridos de animales al basilisco, al dragón y al grifo; como híbridos de hombre—animal a la arpía, el centauro, la sirena ave y la sirena pez; como aves están el águila, el gallo, el pelícano, la grulla y la paloma; en peces encuentra al pulpo, la ballena y la concha marina; en bestias de la tierra identifica al antílope, al asno, al caballo, al ciervo, al cordero, al gato, al león, al leopardo, al lobo, al mono, al perro, al toro, a la liebre, a la pantera, al cocodrilo y a la serpiente. No se encuentra a ningún unicornio ni figura que se le parezca o invite a confusión con nuestro animal protagonista. ¡Una pena!

Final
El título de este trabajo “El monocero polimorfo” se debe a que una vez estudiado, recopilado, ordenado y triturado en mi mente su contenido llego a la conclusión de que todo lo relacionado con este animal está confuso desde el principio —incluso en la Sagrada Biblia cada vez que se cita al búfalo o al buey o al ciervo se dan interpretaciones de su significado con notas a pie de página, y cada traductor da las suyas propias que no siempre coinciden con las de otros—. De tratar este tema el noble caballero Alethophilo—que viene a ser lo mismo que Veritatis Amator, “Amigo de la verdad”—, descrito por el padre Martín Sarmiento, no haría honor a su onomástico y posiblemente entrara en melancolía. Lo de aplicar el sustantivo “monocero” es simplemente porque me gusta su rotundidad en la dicción.
¿Cómo no va a estar turbado este animal si su existencia es discutida, se desconoce su fisionomía e incluso se le aplican diversas denominaciones? Mujica lo expresa con claridad y belleza: «Encrespadas interpretaciones promovió: alegoría de Jesús y del Espíritu Santo; símbolo de la potencia del mal; emblema de la encarnación; imagen de la vida eremítica; proyección de la Luna; efigie del alquímico mercurio; para casi todos, arquetipo de pureza». «¡Qué discutido bruto, qué delicadísima insignia zarandeada por el juego metafórico!». «Ser ambiguo objeto de glosas tan distintas».
Su existencia se niega incluso por los autores y viajeros que dijeron haberlo visto, sin nunca haber aportado pruebas. Shepard precisa que de Apolonio se cuenta que lo vio, pero a él ni eso le inspiró confianza, también indica la extraña confusión de Elio entre el rinoceronte y el asno salvaje, que perduró hasta el siglo xix. Los antiguos poetas fingieron su existencia, pero sólo literariamente. Entre los que creen, se encuentran tres modalidades: unos, como el médico Paré, porque está contemplado en la Biblia, otros porque humildemente no encuentran causa filosófica de negación por el hecho de que no lo hayan visto; y los de más allá por si sus portentosas inteligencias les llevaron a alcanzar notable posición personal en el mundo, también les encaminaron a creer.
El polimorfo animal no sabe a qué orden o género zoológico pertenece ya que se dijo de él que su cuerpo era de caballo, de buey, de búfalo, de asno salvaje, de antílope, de ciervo, de ónix, de marsopa —y esto sin contar con el monoceronte marino con sus pies de pato—; su cuerpo podía ser de color verde, negro o blanco; su cabeza roja o blanca; sus patas de elefante, ciervo o antílope; su cola de ciervo o de jabalí; sus cuernos o eran simétricos vistos de perfil o era solo uno, recto, liso y curvado hacia atrás, largo y puntiagudo, de asombroso esplendor, de color negro o de colores blanco—negro y rojo, y para complicarlo más sus medidas oscilan desde un codo y medio hasta seis codos y medio; las propiedades de su cuerno múltiples y variadas: cura enfermedades y heridas blancas, reduce la fiebre y la melancolía, consigue la invisibilidad, es potente afrodisíaco, actúa como contraveneno o como reforzador de venenos o como antídoto, libra del rayo, recupera la juventud perdida, purifica las aguas, genera topacios y oro, es ingrediente principal para los licores de bulto. ¡vamos! Sirve para casi todo lo bueno de la vida no obstante echo en falta que hasta la fecha no se haya descubierto si serviría también para conseguir la felicidad.
Respecto a su denominación, lo que le desconcierta es la gran cantidad de nombres que se emplean para designarlo, sin incluir las actuales lenguas nacionales y exclusivas: monoceros, monokeros, monocorne; monoceronte, rhinoceros; cartazón; unicorno, unicorne, unicornis; hasta llegar al de unicornio, que no siempre le perteneció pues antiguamente se le daba al rinoceronte indio. Para cualquier ser vivo debe de ser angustiosa esa caótica marejada mental.
Despedida
Esta obra ha sido realizada con los fuertes cimientos de Álvaro Cunqueiro Mora, la estructura es de Manuel Mujica Lainez, el enfoscado lo realizaron entre Amancio Landín Carrasco y Joan Perucho, las cubiertas se deben a Odell Shepard, los añadidos a Juan Eslava Galán, el pintado a Tracy Chevalier, las reformas interiores a María José Domingo Pérez—Ugena y el acabado exterior a Manuel García Fernández; como contratista ejerció Concha do Campo Castelo y de peón actuó este marino, que lo es, y que osó introducirse en esta selva antigua sin más paramento que un chaleco salvavidas —por si se hunde el mundo— y la ilusión de recrearse en la candidez perdida.
Laus Deo