El edén ártabro

06/04/2024, Luis Sánchez-Feijoo López

El Edén Ártabro

La propiedad de los An en las tierras ártabras, siempre estuvo atendida por los miembros de una misma familia desde la fundación del condado, en tiempos de los Descubrimientos. Un honrado marinero del galeón que mandaba el protoconde cayó herido en el transcurso de una refriega con los nativos de una de las islas de la Especiería, cuando estaba recogiendo semillas, frutos y plantas vivas, de cuyas resultas quedó inútil para el servicio a bordo, por lo que su capitán de mar y guerra le ofreció el puesto de guardés de la finca para él y para sus descendientes primogénitos varones con una condición: el heredero del cargo iniciaría su andadura vital navegando por mares remotos como marinero embarcado al servicio del Rey, tanto para forjarse en la dureza como para poder ampliar la variedad de especies vegetales de la heredad y así contribuir a su embellecimiento.

Esa mansión atraía en su exterior por el verde que la rodeaba y del que se hablaba como del mejor y mayor estar de la vivienda; el jardín. En cuanto al interior el tesoro se encontraba en la sala de la biblioteca, en concreto, eran los tres tumbos en donde cada conde iba anotando, conforme le llegaban, los ignotos ejemplares que los sucesivos marinos le traían para plantar en la verde habitación.

El primer tumbo cuyo título grabado en la cubierta de piel de buey decía ÁRBOLES, incluía:

Árbol persa del que se extraía el aceite de oro para curar la lepra. Con este aceite se batía oro en polvo para que con esa mezcla los esclavos embadurnasen al potentado leproso hasta que quedase dorado; después a los esclavos se les mataba. Este método curativo se le aplicó a Balduino IV rey de Jerusalén —el rey leproso— y la última vez que fue usado el aceite fue por un rey de Escocia, cuya receta le pasó un templario; le fue untado por dos prisioneros ingleses que después fueron despeñados.

Árbol híbrido inglés, plantado en la ribera de la laguna, cuyas hojas que caían al agua se transformaban en peces y las que caían sobre tierra se volvían pájaros. Los peces tenían la facultad de poder subir a los árboles próximos, especialmente a los ciruelos por los que sentían predilección y apetito frutal; eso sí, nunca se vio a uno de los peces subido a un árbol en que hubiese orinado un perro, aunque la micción fuera de seis meses antes. Cercano a este árbol híbrido se había plantado un ciruelo traído de Grecia semejante al que doña Ginebra de Camelot tenía en la huerta, por ser su flor la favorita, tanto lo era que la reina mandaba bordarla en sus vestidos. El ciruelo había sido regalo de don Lanzarote, el de la «secreta pena» quien había enseñado a un ave a cantar canciones de amor para que se posase en él y así comenzar la aventura amorosa.

Un vetusto tilo castellano que si era preguntado en forma por el personal de la casa contestaba, siempre y sin dudar, que el hombre más noble que había descansado bajo su sombra era don Rodrigo Díaz acompañado del sin par babieca.

Árbol etíope que en vez de flores da pájaros que salen volando. También está plantado una variedad abisinia en el cual las flores antes de marchitarse, lentamente se van convirtiendo en pájaros que salen volando en los días de viento —eso sí, esos pájaros no se reproducen—. En el jardín durante ese tiempo no es fácil distinguir a los pájaros de las flores que los unos dejan el aire para posarse en una rama y las otras dejan su rama para volar por el aire. se dice que en el Paraíso había árboles de los que nacían en vez de membrillos y melocotones, jilgueros y ruiseñores; debía ser que el señor —en los primeros días que puso a los pájaros en el aire— todavía dudaba si darles a los pájaros plumas o pétalos. Un sauce traído de bosque normando que curaba las varices, lo que se conseguía yendo la mujer junto al árbol al que abrazaba durante toda la noche con las piernas desnudas; si el rito era bien ejecutado a la mañana las varices habrían pasado al árbol como hiedra. En todo el tiempo que lleva el árbol en la propiedad sólo accedió a la prueba un floricultor —algo afeminado— en donde no obtuvo el resultado requerido, aunque manifestó sentirse algo más aliviado de una molesta almorrana.

Árbol ornitófago africano que en otoño se le caían las hojas y para tener en las ramas algo que aletease devoraba a los pájaros que en él se posaban; a la primavera siguiente en vez de dar hojas, daba plumas, las plumas de los devorados. Al plantado en el jardín cercano al río no le salen plumas propiamente dichas sino que sus hojas —opuestas, planas y dispuestas a modo de peine— están coloreadas en tornasolados amarillo verde azulados; ello significa que la especie evolucionó debido a la alimentación ya que aquí ingiere carboneros, herrerillos, pardillos, pinzones y verderoles mientras que en África quién sabe lo que comerá, posiblemente los mismos pájaros pero más rizados, más oscuros y con los picos más abultados.

En las zonas húmedas cercanas a la laguna y al río están los árboles de las familias amigas de las aguas, las tribus fluviales: alisos, álamos, sauces, abedules, fresnos que parecen lanzas verdes para proteger a los mortales de los vampiros, ya que sólo la estaca de abedul —árbol silencioso que calla para no sobresaltar a las aguas— puede matarlos después de estar clavada en su corazón durante siete días. igualmente podrían representar lanzas verdes custodiando las riberas cuando en realidad serían lanceros emboscados disfrazados de álamos o de fresnos de abril en espera de la llegada del maligno, con sus lanzas vestidas de hojas nuevas; el fresno es el árbol de las lanzas, de igual modo que el abedul es el de las canoas de los mohicanos o el de las zuecas de la zona. Pocos árboles hay más femeninos que el abedul, esbelto talle, blanco cuerpo, gentil inclinación al viento cuya brisa de mayo se refugia en su copa como en las tibias y suaves cabelleras de las mujeres, a la par que se asombra de discurrir entre sus hojas, semejantes a monedas de oro.

Entre los árboles, al plantarlos, no se tuvo en cuenta su cualidad de feliz o infeliz, es decir, benéfico o maléfico puesto que tanto hay robles, árboles benéficos que en graves ocasiones hablan y dicen una verdad sorprendente que estaba oculta —no es que digan la verdad, es que no tienen más remedio que decirla cuando la ocasión se presenta— y los sauces —árboles maléficos— cuya sombra propició hijos monstruosos y bajo los cuales los hebreos en babilonia lloraban y suspendían en ellos las arpas lamentando su exilio. De igual modo las hojas de los árboles no mueren del mismo modo cuando caen al suelo pues las del castaño se pudren enseguida, las del roble se resisten y las del abedul parecen monedas de tesoro antiguo. Existe la amistad de un tipo de árbol con una raza; la acacia grata al semita, el roble querido por el germánico, el ginko adorado por el coreano, el castaño amado por el gallego, el abedul reverenciado por los An…

El bosque que se sitúa al oeste del verde está concebido a partir del que una emperatriz de Bizancio tenía pintada en la uña meñique de su mano la representación de una cacería de faisanes con halcones volando sobre el bosque coloreado del otoño. En este bosque de aquí el otoño va naciendo poco a poco coloreando las puntas de las copas de los árboles con el oro que trae, entrecruzándolo con venas de ocre y de carmín por lo que fuera verdor, pero en este bosque siempre es otoño y cuando llega el vendaval se lleva todas sus hojas secas con sus grandes manos abiertas.

Otro bosquecillo, el de la parte norte, está basado en el bosque alpino que el emperador ostrogodo Teodorico con sus palabras repobló de ruiseñores ya que habían desaparecido por una epidemia. El emperador había hecho noche en un bosque en donde le sorprendió el enorme silencio, por lo que preguntó a los lugareños, quienes le respondieron que habían muerto todos los pájaros y si habían quedado algunos ya no sabían cantar o no cantaban por miedo a morir como los anteriores. Teodorico cantó durante una hora para comprobar que ello era posible sin morirse en el intento, luego, diciendo la palabra ruiseñor se la quitó de la boca en forma de huevo, la repitió varias veces más y de esos huevos nacieron las crías que en pocos meses llenaron el bosque.

En donde se encuentra el bosque más fragoso es en el extremo nordeste de la heredad. En él podría perderse una infanta de cabellos de oro, aparecerse el hombre lobo, perpetrarse el crimen más horrible… y sin embargo es el más atractivo para los enamorados que buscan consuelo a sus desdichas en la espesura de la fraga —viciosa de pájaros y rica en fuentes— debido a que la variedad en tipo de árboles, con distintos portes y alturas, hacen de este bosque el más musical de toda la comarca. igual le pasó a don Quijote cuando se refugió en sierra Morena, penitente de amor.

Una vez que la señora de An finalizó de leer el tumbo de árboles quiso ver in situ todo lo relacionado en él, por lo que acompañada del fiel guardés recorrió toda la propiedad para palpar, oler, oír y abrazar a los mayores ocupantes de la habitación verde.

Tanto en la casaquinta como en la familia todo marchaba según el orden cósmico, que en realidad es el buen orden, ya que el hombre no puede inventar el árbol solamente con decir las dos sílabas de su nombre, que eso lo hizo únicamente el señor en los días enormes y turbadores de la Creación.

El segundo tumbo en cuya cubierta de piel de potro se leía JARDINES, contenía: El jardín principal había sido diseñado según la creencia céltica en donde la entrada al Paraíso estaba guarnecida por belén y Jerusalén unidas por un arco, de modo que para entrar al jardín se pasa entre el nacimiento y la Pasión del señor. El místico conde de esa época lo representó con macizos de árboles de maderas adecuadas, cedros del Líbano aptos para la ebanistería de san José, árboles del Cielo —ailanto— porque su nombre lo requería, acacias en recuerdo de la madera del Arca más tilos plateados por sus flores olorosas en una de las basadas y en la otra con árboles de Judas —algarrobos locos— en el que se colgó, fresnos en relación con la lanza de Longino, olivos por el monte de los olivos y cipreses en referencia al madero de la Cruz.

El jardín de árboles susurrantes bañados por fuentes con aguas en donde se maceran las distintas plantas herbáceas que le dan sabor a lo que se conoce como licor de hierbas; muy a propósito para que deambulen por él unos nudistas libertinos.

El jardín veneciano al modo de la secretísima Venecia —que no era tan serenísima República— conocido por el «jardín secreto», en donde de un árbol podían hacerse dos, el árbol y su sombra; la calificación de secreto podía venirle por “sorprender sin cambiar” y era un jardín tan secreto que no había superficies especulares, ni charcos ni estanques, por miedo a que esos espejos pudieran revelar lo que habían visto; los árboles plantados en él eran de corteza porosa —alcornoques— o medular —saucos— o escamosa —catalpas— a fin de absorber las voces y evitar ecos indeseados; este jardín secreto, empachado de menta, era utilizado frecuentemente por las damas de la casa para reunirse en la glorieta allí instalada con sus amigas, tomar el té y leer poesía trufada de charlas femeninas, incluso las indiscretas que en ese mentolado espacio se tornaban en moderadas. El té que se servía era de la variedad cultivada en la habitación verde y resultaba ser de una sorprendente calidad; las hojas tenían pliegues como las botas de montar cómodas, se curvaban como papada de cebón, brillaban como la laguna acariciada por el cristalino viento del norte y eran húmedas y suaves como tierra recién regada por la lluvia… Y siempre se acompañaba con hojas de menta.

El jardín colgante, a semejanza de los de babilonia, contenía una gran variedad de plantas que los magos caldeos habían creado para estos y que no están en el libro de la naturaleza. Plantas para infusiones que concedían la virilidad, la hermosura, el saber de las estrellas, el amor espiritual… y que llegaron a esta casa desde un viaje del marino a Constantinopla. Ya aquí se incrementó el jardín con plantas de olor al estilo de glicina, madreselva… y de frutos silvestres del tipo de arándanos, serbales… cuyos aromas se posaban sobre los árboles cercanos y en el aire sostenido en sus manos por el Creador, el aroma de ese jardín podía olerse en todo el país de An.

Otro de los jardines existentes era copia de uno que se adentró en el mar para recibir al marino de la casa en un naufragio ocurrido en aguas de nueva Galicia, próximas a la desembocadura de un caudaloso río. El náufrago estaba confuso, aturdido, somnoliento, pero pudo ver cómo una masa vegetal se acercaba a él y le permitía abordarla hasta encaramarse en ella, y así a flote salvó su vida. Al regresar a la finca solariega el ex náufrago contó lo sucedido en el rescate y el señor conde, en agradecimiento al jardín salvador, decidió construir uno igual en el estanque a base de plantas acuáticas flotantes recogidas en recónditos monasterios benedictinos —lotos, nenúfares, ninfoides, jacintos...— siguiendo las indicaciones del marino que llevaba el jardín en sus pupilas tal si fuera un jardín viajero o en traslado de domicilio.

El parque cercano a la Casa Madre era un jardín florido y bien florido, de esos que resaltan debido a una pareja de enamorados ingenuos o a unos niños que corren alegres. siendo un jardín de flores con sus macizos, ruzafas, arriates y parterres según norma, no así era vulgar ya que en tipo de flores tenía verdaderas excentricidades botánicas llegadas desde lejanas tierras.

Lavarse con flores de este jardín dejadas al relente durante la noche de san Juan en la dudosa luz del largo día, concede belleza facial y en las embarazadas también actúan evitando que el hijo salga con fresas en el rostro.

Una bellísima flor dorada, que no se marchitaba, le fue regalada al abad de una abadía irlandesa. Cuando hicieron un nuevo camposanto y trasladaron a él los huesos de los allí enterrados descubrieron que los monjes que habían tocado la flor dorada tenían las manos incorruptas. Las flores doradas de este jardín proceden de las semillas de esa flor que los protestantes ingleses tiraron en un rincón cuando asaltaron a los monjes católicos, y que una familia irlandesa fiel a la iglesia de Roma regalaron al marino de la casa, al retorno de la Gran Armada. Las flores doradas plantadas en An siguen siendo bellísimas, pero lo más que hacen es suavizar las manos de los que las tocan —se considera mejor que emplear agua gorda con molleja de pavo— debido a que las semillas no estaban santificadas y se marchitan cada viernes santo, por dolor ante la muerte de Jesucristo, recuperándose el día de la Resurrección.

En Portugal se empleó mucho la anhélita, llamada así por su respiración fuerte y seguida —anhelante— la cual poseía en sus hojas grandes ventosas rojas en forma de labios humanos. se descubrió que tenía amorosos sentimientos, afrodisíaca y virilizante, a la par que concedía valor militar entregando su sangre apasionada. En la peste de Lisboa murieron todas las anhélitas pero sus cenizas fueron llevadas al rey Felipe IV —de España y de Portugal— que usaba esos polvos, y de ahí que quebrantase tanto el mandamiento puesto que le hacía gozar de lo suyo. Esta planta llegó a An por regalo del general de la Armada del Mar océano —basada en Lisboa— a su capitán de Tercios embarcados, quien por ser pariente de esta casa obsequió al señor conde con una cajita de plata que contenía unas semillas. Estas anhélitas al estar en arriate han perdido sus propiedades varonilizantes o también es posible que sea debido a la innecesaria aplicación de este tratamiento para los varones de la casa o tal vez porque sus mujeres suplen con abundancia esa facultad.

La flor occidental de Finisterre, que obliga al humano a enamorarse del primer ser de sexo contrario que contemple al despertarse en la noche de san Juan también está presente en este jardín, aunque protegida por albitana durante todo el año, excepto en la citada noche en que se traslada al dormitorio condal como testimonio de amor conyugal. Fue el octavo conde quien organizó una expedición al «fin de la tierra» para traérsela a su amada y bella esposa.

El tercer y último tumbo en cuya cubierta en piel de ciervo se plasmaba HIERBAS, encerraba:

Al prado del sur, como un gran pañuelo verde puesto a secar al sol, se le conoce por el de los «tres conejos» por su abundancia de hierba, pues si en otra pradera un conejo come un metro cuadrado de hierba, aquí esa superficie daría para tres conejos. Este lugar siempre está rasurado porque todo animal herbívoro se aprovecha de la exquisitez de su hierba, y menos mal, porque si ni fuera así actuaría como lo hizo la gran selva en india que devoró ciudades del Gran Mogol; aquí cubriría la casaquinta y hasta a cualquier viajero que hubiese dormido a la intemperie —caballo y arneses incluidos—. si se pasea por ese prado la brisa que menea a la hierba da a conocer en toda la hacienda la presencia del paseante, por su aroma.

En una ruzafa se conserva hierba campera, abierta de espiga, procedente de las semillas que el marino adquirió en un bazar del puerto de Haifa al conocer que eran de la hierba que creció en el escenario de la Resurrección del señor. Cuenta San Isidoro en sus Etimologías que las hierbas originales —cortadas por ángeles y guardadas en el Cielo— serán quemadas para el día del Juicio Final. En el condado no se espera tanto tiempo y se utilizan para quemar en los entierros de las familias de la propiedad y en los de la vecindad.

El yerbal del oeste es el más completo en hierbas medicinales.

En los primeros tiempos de fundación de esta casaquinta hubo en el jardín las llamadas hierbas de enconar, pero a la vista de tantas acusaciones recibidas, el tercer conde mandó eliminarlas y que nunca más se sembrasen en An, por lo que para su reconocimiento por los descendientes dejó varias muestras desecadas en este tumbo de hierbas. Estas plantas y hierbas tienen los más diversos aspectos, ya forma fálica, ya antropomorfa, ya figura de reptante.

Un texto castellano medieval cuenta de una abadesa, honesta y sabia en el mando que, quedó preñada por «haber pisado una hierba muy enconada». Al llegar la noticia a oídos del obispo éste decidió ir al monasterio, y en la noche anterior a su llegada la devota abadesa parió un niño que los ángeles se llevaron; cuando llegó el obispo y se encerró con la abadesa, para comprobar el empreñe, la halló en la perfecta doncellez y sin traza de haber violado el sexto.

Una doncella que vino a pasar una temporada a la finca decidió echar una siesta en el verde florido; tumbada, su pierna derecha quedó junto a una trepadera enconada la cual se lanzó a enroscarse pantorrilla y muslo arriba mientras ella estaba dormida, y la hubiese forzado si ésta no tuviese sueño ligero y despertase a gritos, notando que le andaban por ahí.

En Sicilia estas hierbas de enconar desaparecieron cuando llegaron los españoles y ya en los días del virrey duque de Maqueda no quedaba ninguna por lo que se corrigió la ley, y toda mujer preñada lo era de varón.

La hierba yizad nace en el ámbar, comida cruda hace a las mujeres fértiles y aplicada en las heridas detiene las hemorragias; tiempo después se ha descubierto que también nace entre los dedos de los pies de los que sinceramente arrepentidos mueren ahorcados. Saladino siempre la llevaba consigo en una cajita de oro y marfil, y en las noches de plenilunio la oreaba para que no perdiese virtud. Las de este jardín proceden de un trozo de ámbar del mar negro y a nadie de la casaquinta se le ocurrió nunca hurgar entre los pies de los suicidas por horca, normalmente en la cuadra de sus viviendas, para comprobar lo que llevaba en ellos.

En un parterre muy frecuentado se habían plantado hierbas sasánidas persas de diversos colores y cada color se ocupaba de un tipo de enfermedad. Convivían las sasánidas con cinco tipos de hierbas depilatorias —obsesión de las aristócratas portuguesas— de ésas que usan los reyes de los gnomos para afeitarse en el día de su boda. Las hierbas centrales del parterre estaban fuertemente cercadas por alta valla ya que esas hierbas obligaban a quienes la mascaban a decir la verdad y por esa propiedad tuvo que protegerse de los amantes celosos, de los falsos alguaciles, de los envidiosos, de los desaprensivos en general. De las 120 clases de hierbas que figuran en el inventario de la botica de La Meca en este parterre sólo se encuentran tres: la roja herbánea de indias contra fiebres por desequilibrio de humores corporales, la azul masandáliz para palpitaciones de los muy amorosos y la amarilla javaleña para la alferecía trasudada.

Las hierbas para soñar que antaño se cultivaron eran utilizadas para infusiones somníferas de cuyo resultado, durante el sueño, a los glotones se le aparecían a lo vivo las viandas más deseadas, a los marinos los embaucaban rijosas sirenas, a las mocitas las rondaban los más gentiles galanes…; eran muy apreciadas a pesar de las decepciones que causaban al finalizar sus efectos. se mandó exterminarlas.

Otras hierbas a considerar eran las que se servían para herborizar los quesos tal que la cañuela, el trébol, el milium, la dactylo que se juntan en un sabor único en la leche de las vacas que acababan de comer bromos, festuca y ginesta blanca; son quesos con todo el sabor del herbazal unido a su tierra, su aire y su agua.

no podían faltar en la finca las hierbas santas, romero y espino albar, laurel y majuelo que en la noche de san Juan se colocan en la entrada de las casas y las defienden del mal de ojo, hijo de la envidia y de la venganza.

Y así pasaron los años…

Se esperaron y se despidieron a las tibias y gentiles primaveras que tejían verdes hojas para los árboles, hacían circular sangre nueva por las venas del mundo y a la vez eran guerra y eran muerte —hacer el mayo— como eran prado florido y eran mirlo cantarín.

Vinieron y se fueron los veranos de la siega con sus soleados días, sus cristalinas tardes de calma y las noches del ruiseñor en la que los ángeles bajan del cielo para aprender de ellos nuevas canciones.

Se acercaron y se alejaron los otoños con sus hojas secas que arrancan de los árboles la lengua del viento, con su cromatismo equilibrado entre la vida y la muerte —verano e invierno— y las golondrinas marchando hacia el sur.

Recibieron y despidieron a los inviernos que con su manto de lluvia, de hielo y de frío cubre las ramas de los árboles convirtiéndolos en blancos fantasmas bajo el pálido sol.

Este relato está basado en hechos ocurridos cuando el narrador ocupaba puesto de ayudante del jardinero de primera en An, el señor Cunqueiro, —del que aprendió el oficio hace ya algunos años— y por tanto son crónicas de primera mano; este jardinerito al poco tiempo de los sucedidos se metió a marinero para navegar por esos mares de Dios.

El jardinerito se hizo veterano marinero —de esos que ansían posar la cabeza en el amplio regazo de la tierra— por lo que recordando sus primeros años y como hombre agradecido decidió volver a visitar la Casa. Cierto día regresó el marino después de larga y fatigosa ausencia, impaciente por la sorpresa que todo regreso entraña por mantener ese sentimiento de vaga incertidumbre y reconocimiento desde Ulises de Ítaca.

Esta visita incrementó las pertenencias del condado con unas hojas de oro que el exjardinero había conseguido en una isla perpetuamente florida en donde había una selva con árboles de oro cuyo otoño duraba sólo un día, en que las hojas de los árboles se caían, por lo que al día siguiente toda la selva volvía a lucir sus galas floridas hasta el próximo año. El otro presente era que el portador había conseguido todos los conocimientos de la botánica secreta de los huertos subterráneos a fin de poder acoplarlos y cultivar todos esos enterrados productos hortícolas en los umbráculos del jardín.


 

Laus Deo

 

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