Zubeldia e o mar de Cobas

04/05/2007, Rosa Méndez Fonte

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Dicía non hai moito, nas páxinas do Diario de Ferrol, que é curioso comprobar cómo o feito de acharnos fronte da visión que outros teñen das nosas cousas lévanos a revisar a nosa propia percepción das mesmas. É o caso de antigas descricións do noso territorio feitas por foráneos; ás veces cheas de loubanzas, outras —de tan negativas— especialmente incribeis. Nesta liña, existen tamén descricións descoñecidas que se nos aparecen de súpeto no eido literario, ofrecendo imaxes non sempre irreais, aínda que si moi personais e —por iso mesmo— subxectivas e ata suxerentes. É o caso que me atopei hai tempo, namentres lía por enriba unha antiga novela escrita a finais dos anos cuarenta, e cuxo maior atractivo inicial —debo recoñecelo— non foi outro que o seu título: Zubeldia. El libro de los siete mares; obra que, por certo, mereceu o Premio Internacional de Primera Novela de 1948.

Sen entrar en valoracións críticas da novela —que ningunha será mellor que a realizada por cada un dos seus lectores—, quedeime coas descricións que nela se fan de Cobas, Prioiro ou Santa Comba. Unhas descricións das que é sinxelo substraer unha profunda admiración e grande agarimo por parte do autor. E por iso que penso hoxe que nada mellor que reproducir nesta páxina algunhas delas, aínda que só sexa como agasallo ás xentes nacidas neses lugares e con dereito de saber o que deles se dicía a mediados do século pasado:

Juan A. Espinosa
ZUBELDIA
Premio Internacional de Primera Novela 1948

 

“ (...) EL PRIOIRO

Las tierra de la mar gallega las tenemos los marinos indeleblemente grabadas, más aún que en el recuerdo, en la retina. He aquí lo que sobre el Prioiro ferrolano me ha dicho Zubeldia, piloto viejo y capitán antiguo, una de las tardes en que, acodados los dos en el espigón de Altea, mirábamos sobre el azul de las aguas cruzar velas latinas.

Por aquellos días en que mandaba el Yute hice un alto, Nemo, en el camino; me fui a cabo Prior a pasar unos días en casa de unos amigos y me llevé a Andra Mari con la niña.

Allí aprendí, para no olvidarlo nunca, cómo se llega a la mayor y más perfecta felicidad sobre la tierra, en la Tebaida de un aislamiento de la costa.

Cada vez que vuelvo ahora por allí, como lo he hecho hace poco, me siento atraído por aquel tiempo; y me subyuga desde tan lejos el pasado, con su voz de muchas voces, y no puedo resistir la tentación de la distancia y del pretérito. Me libré allí, como me he librado en pocos lugares de la tierra, del afán errante; del complejo de liberación que sentimos todos nosotros en los viajes. De ese llegar y salir y no afincarse nunca, buscando en cada escala y en cada rumbo el nuevo cristal en que miramos. En el Prioiro acerté siempre a rejuvenecer la cinta de memorias de la ausencia.

Muy cerca de Ferrol, al otro lado de los montes de Serantes, el extraño país de Cobas, marinero entre montañas, vive aislado junto a la mar gallega, desde Campelo y Lagoa, por el Nordeste, hasta Prioriño, Prioiro el Chico y las Gabeiras, por el rumbo opuesto. Catorce kilómetros separan El Ferrol de la punta extrema del Cabo. Se abandona la carretera principal de Santa Marta, casi en la misma Puerta de Canido, y se va ascendiendo siempre la del Prioiro, hasta encontrar la cumbre que llaman la Bailadora donde se inicia, a la vista de la mar libre, el rápido descenso sobre Cobas, frente al cabo, que se interna sobre el Atlántico como un gigantesco y mitológico cetáceo, con su pardo lomo al descubierto. Desde los últimos caseríos, que forman el istmo al nivel de la mar océana, avanza el promontorio, en cuyo extremo Norte se encuentra el edificio blanco y limpio de la señal del faro. Se llega a él tras unos fuertes repechos, por una última rampa suave de la carretera, entre un pinar batido al viento, y que conduce a la pequeña meseta, plana como un escalón entre las peñas. La vista se extiende allí, de lleno, sobre el ancho espacio. Dominas desde arriba la llanura atlántica; y tienes, encima, las grandes bocas de los cañones de costa, empotrados en la peña, y el fino espárrago de los antiaéreos, baterías que guardan como mastines al acecho la base naval que por el Sur se oculta.

Estamos aquí, Nemo, en el confín septentrional del Noroeste ibérico. Es la región perdida de Galicia, aislada entre las cumbres, solitaria junto a la mar terrible, inclemente y cruel por estos litorales. Aquí termina el Mundo Antiguo, más aún que en Finisterre y el Toriñana o el Villano. Yo no sentí nunca, ni el otro Finisterre francés de las tierras de Bretaña, en el Ouessant trágico de la isla del Espanto, ni en el Lands End de los ingleses, la sensación de extremo occidente, tan profunda como en el Prioiro (…)

Detrás de nosotros, en el Prioiro, mirando hacia las Sisargas, teníamos toda Europa y toda Asia; la guerra de las civilizaciones, las culturas y las almas. Teníamos detrás toda la historia. Pero delante estaba la mar de las anchuras concupiscentes; el Atlántico moderno de los aviones estratosféricos, que ya han roto la barrera supersónica, y los otros tetramotores que en sus vuelos descubren las presas sobre el agua, en paz o en guerra, como las águilas sobre la llanura. Estaba delante de nosotros esa mar tuya y mía, Nemo; la mar por donde subían en la edad remota las naves fenicias que buscaban el rumbo hacia el estaño y por la que hoy cruzan y baten plusmarcas las quillas raudas de los grandes galgos, devoradores de ortodrómicas. Por muy anchos que para nuestros ojos sean los espacios infinitos, ya sabes tú que en tierra tienen siempre un tope muerto al encontrar su límite. Pero allí, en el Prioiro, se nos agudizaba la ambición despacio, porque el espíritu iba, sin lograrlo, en busca de las otras tangencias infinitas, que lo mismo que las de la mar, hasta no ver escrito nuestro omega, no se alcanzan. Y en el Prioiro, podíamos ella y yo correr con nuestra idea para buscar un íntimo consuelo, aunque fuera mínimo (…)

Se encuentra suspendido el viajero en el Prioiro, sobre el mismo cantil de la Pateira, el más bravo y temeroso en el contorno del cetáceo. Yo estaba allí con mi esposa, y era aquel lugar una excursión nuestra preferida; no nos hastiaba nunca bajo el cielo de allí, que siempre llora. Triunfan las condensaciones y la niebla en los estíos; y se acortan entre aguas de arriba los perfiles de costa en el invierno. Llega muchas veces hasta el mismo faro, con el impulso de la noroestada, el polvo del agua de la rompiente; y tienen flecos de gotas las aristas del acantilado y los breñales de los tojos. Ese espolvorear de agua es el mensajero de la lucha perpetua del mar contra la roca. Te sabe a poco, como la crispación de un primer abrazo a la novia en romería; te envenena como el beso que se hurta. Y el Prioiro, que avanza sobre las aguas profundamente, es centinela de uno los más sobrecogedores panoramas de aquel trozo. A ambos lados de su espina dorsal, las dos inmensas playas de San Jorge y Santa Comba —Paloma, Columba, para aquellos nativos melancólicos—, se extienden a lo largo de varias millas. La más grande es ésta última. En su extremo Norte, que es como una isla en las pleamares, pequeño promontorio aislado, está la ermita de su nombre; y es lugar de predilección en el contorno.

Teníamos ella y yo una gran curiosidad por aquel sitio; y por eso también lo visitamos muchas veces. La primera, fuimos, por fin una tarde a Santa Comba, con la marea baja; el sol declinaba ya más de dos horas y había sido una limpia meridiana. Resbalaba la mar sobre la playa, y las algas tenían cabelleras rubias; como náyades. Le dábamos cara al viento y era la hora en que la sombra estira su perfil sobre la arena, caminando. Las rocas nos parecían más grandes y el rompiente dejaba al descubierto los farallones y las lajas. El cielo, por Poniente, se nos agrandaba aún; como en el trópico. Unos trazos de color naranja nos señalaban vientos del cuadrante; y el Prioiro tenía desde aquel sitio la tranquila placidez de los titanes. Su contraste con la pequeñez de la ermita me anonadaba siempre. A Andra Mari le producía desde Santa Comba las más profundas inquietudes, y me decía que al verlo estaba viendo a Aitor. Todo allí, en su creación, se confabulaba para achicarnos; y también se me achicaba ella. Cuando fuimos esa vez primera, muy cerca de aquel sitio, en la hilera del quebranto de las aguas y en su hervir de espuma, saltaban las olas como carpas, caían en cascadas; y el bordoneo de la resaca ponía su encaje, azul y blanco, sobre la mancha cenicienta de los desplomes de la erosión, que tenían al fondo, sobre tierra adentro, la sombra verdinegra de los tojos; el tojo, Nemo, que fue grato a Rosalía y a todos esos místicos poetas de la tierra de los celtas. Aquella ermita y aquel conjunto del Prioiro son, en nuestras horas de hoy, como un miraje. Cruzaban tranquilas, en nuestras visitas, las aves que se alegran y se fruyen en las tempestades; y los pájaros del contorno buscaban abrigo en el recinto cuando azotaban noroestadas. Cada verano, en el último domingo del mes de agosto, el mes de las nieblas densas, estáticas, pegajosas, celebra Cobas la romería de Santa Comba; y el alalá suena en aquel ámbito.

(…) Y fue en aquella romería de la Comba, cuando trabamos amistad con uno de los labriegos; con Bernardino, que entonces era fuerte. Los años nos han ido limando a todos, Nemo, pero aun vive Bernardino en el Prioiro. Lo hemos visto en el viaje último, hace poco tiempo. Antes de conocerlo nosotros había sido, con otros muchos, raquero en el naufragio del Highland Warrior, aquel paquete inglés de la Nelson que se había hincado en los Caballos una mañana cerrada creyendo estar ya en Coruña o habiendo perdido el rumbo, sin remontar el Cabo; unos dijeron que había confundido, entre la cerrazón del amanecer, la luz del Prioiro con la de Hércules, pero, en resumen, ni el mismo capitán se lo explicaba ni por abatimiento de corrientes ni por desvío de las agujas. Debieron ser las meigas… Bernardino y los suyos aprovecharon bien el raque, cuando el buque fue abandonado; y se hicieron en el Prioiro y en Cobas varias pequeñas fortunas en la competencia.

Esta vez hemos visto ya muy viejo a Bernardino. Con la misma imperturbabilidad que tuvieron siempre los hombres de la mar gallega, sigue liando el cigarro con unción de rito; y no deja caer jamás una sola brizna de tabaco. Lía el cigarro como ha ido liando sus días, despaciosamente, frente a la soledad marina, en el prado con las faenas de tierra en sus ferrados o en las bonanzas de los días largos con la pesca. Uno de esos días, en que habían ido al róbalo entre las peñas, llegó a su casa con un ejemplar de doce libras; la robaliza allí es tentación de  selecciones, don del cielo peligroso, porque es el pez que entre las rocas se aquerencia, bajo las espumas rompientes, y ha que ser ágil con él en el refuerzo y en el equilibrio. Está siempre a un resbalón de la muerte y están los desnuques al acecho.

—¡Cómo picaron las condenadas!— nos dijo triunfalmente aquella tarde de su ejemplar de los seis kilos. Y esta vez, cuando he vuelto a verle: —Ya no templo bien los estirones-, me ha dicho con tristeza—, ya no las veo correr entre las grietas, como entonces las veía.

Era que entonces, Nemo, resonaban fuerte para Bernardino los choclos en los guijos, y luego, ya sin ellos, sabía no resbalar bajando. Hoy, ya no está ducho, con haberlo sido tanto en el temple de la caña, sobre las rocas en que la estabilidad peligra. En Cobas, la carne blanca de los róbalos más cebados en el plancton de las aguas se parecía a aquella otra carne blanca de Luz María [cambio o nome por se esta muller tivese existido realmente], una hembra jarifa que en la aldea había tenido ilícitos ayuntamientos y que había perdido a unos cuantos mozos en el vértigo. Un par de ellos tuvieron que emigrar entristecidos, por no matarla, cuando ella los devoró en el desengaño; otros dos, se habían apuñalado en una barda, poseídos por el rencor del fuego de ella y por si el uno o el otro eran progenitores de su vástago o traicionados mutuos de la hembra. El uno quedó acuchillado para siempre en una linde, y el otro purgaba el desvarío en el penal del Dueso. Y Luz María seguía ahora en un misterioso apartamiento desde entonces. Se decía que el muerto había sido el único de los mozos que ella amaba y al que perdió sin devorarlo. El rapaz de Luz María, que ya sabía ir a la tierra y se arreglaba bien segando el tojo, estaba ahora crecido; lo dedicaba la madre a apacentar ganado ajeno, las vacas rubias de pelo de gacela, en los prados comunales; y luego, de madrugada, ella misma, en todo tiempo, con viento y lluvia, llevaba al Ferrol, todos los días, el blanco líquido. La enorme cesta redonda, con los cántaros lecheros, la sostenía Luz María más fuerte y alta que ninguna de las otras aldeanas que marchaban en el grupo. Las caderas fuertes, el torso casi viril, en el que triunfaban opulentos los robustos senos y las caderas de ánfora de la moza, soportaban bien el peso del gran cesto, que gravitaba en la cabeza; y aquel grupo de mujeres andariegas, que yo vi tantas mañanas, se iba perdiendo a lo lejos, en los recodos del camino, con un balanceo de flotilla pescadora cuando leva. Iban con la frente erguida y el cuello tenso; y aseguraban en la aldea que desde el día siguiente de la lucha a muerte, que costó una vida, Luz María no había vuelto a tomar hombres; no los quiso.

(…) Toda esa gente del cabo es pacífica y pescadora; de a lo que sale y a lo que salta. Y labrantines. Cortan el tojo a roales en otoño para las camadas invernizas. Allí hemos visto Andra Mari y yo, las horas rituales de la corta; lo mismo que en los montes de Urquiola, en Octubre, como la urritseña. Y había zorros en mi tiempo en el Prioiro; y hasta nutrias. Una tarde, habían cogido una en la cueva, cerca de la playa chica del Porto; era un espléndido botín de aparcería, y Bernardino y los suyos celebraron un gran festejo en la casa aquella noche. Llegaron compañeros pescadores desde muy lejos, hasta del mismo Campello (sic) y Doniños para verla; tocaban la sedosa piel de aquel ictívoro y brillaba en todos los ojos la codicia.

Me acuerdo bien de aquella escena en casa de Bernardino. Soplaba fuerte un terrible vendaval que poco antes se había levantado; gemía el huracán de la mar, penetrando por las rendijas de las puertas en el humilde caserío, como si quisiera estar presente en aquella especie de desfile funeral ante la nutria. Habíamos ido Andra Mari y yo, como curiosos; y se nos quedó grabado aquel peregrinar continuo. Ya sabes, Nemo, que el viento de la mar nos habla siempre a nosotros; desciframos lo que dice, lo que quiere y lo que piensa. Nos encadena a su grito, que atormenta y que no irrita. Es el suplicio de conocer que es más fuerte que nosotros, y que ante él nada podemos, que estamos sujetos a su voluntad, lo mismo que la mar, que cuando él la toma se enfurece. Era por eso por lo que el viento allí, en Prioiro, tenía en los huracanes del Oeste mensajes de los Tábores guerreros y radiogramas de estrellas boreales, los mejores orquestantes y la canción de todas las sirenas en celo, entregándose a Neptuno. La piedra en los cantiles quiere resistirle, pero llega la mar y entonces juegan los mastines de la galerna con los guijos.

Hay allí, en el Prioiro, una torre, sin embargo, la torre del Faro, pequeñito y pétreo, con la que los vientos que derriban altas torres no pueden jamás; y la torre les resiste. La prenden, la rodean la ciñen codiciosos como ceñimos nosotros a las hembras; pero no llegan nunca a poseerla en sus entrañas. Le preparan los besos ásperos, crujientes, de las olas puliendo los guijarros; Eolo llega en el despliegue al frente de sus escuadrones en la carga, con espada al cinto; y en la torre se le mella. Pasan las nubes galopando al nivel de la linterna y resbalan sobre la cúpula machetes y tizones del alado ejército…

Un amanecer de esos de más furioso empuje de los vientos del Oeste en el Prioiro, recalábamos sobre Ortegal, viniendo de Sisargas, en viaje desde Bougie, con pinita para Nantes. Ya te acuerdas, Nemo. Íbamos en angustia y habíamos pensado incluso meternos en El Ferrol, porque la mar atravesada nos comía. Pero yo miré de lejos la torre del Prioiro, envuelta en cerrazones, y pensé que, como ella, nosotros también resistiríamos. Detrás de la cenefa del puente alto, a estribor de la caseta de derrota, te lo dije: "No arribo, Nemo". Tú callabas ante la orquestación tremenda del huracán y el oleaje; y era que me había dado empuje el mirar aquella torre pequeñita que fue ejemplo en el Prioiro. Las torres de los faros de la costa, cuando se apoya la frente en los cristales desde dentro de ellas y dominas la anchura de la mar durante el día o las angustias de las luces fantasmales que van en ruta por la noche, verdes, rojas, blancas, son pabilos ejemplares. Y detrás de una cenefa, o al amparo de los otros cristales de la caseta de derrota, tú tampoco quieres ser menos, y te creces. ¡Cuántas veces nos crecimos juntos por Edystone, por Fastnet y Ouessant! Pero yo creo, Nemo, que en el cruce del Prioiro he sentido más que en la misma Normandía del Canal, o en el recalo a Wolf Rock, por el lado opuesto, el agotador impulso del corazón marino. La mar de toda la costa gallega se nos hace siempre carne viva y late con nosotros mismos. Lo hemos sentido latir por los caminos que nos trazaron todos los rumbos de la brújula, y, sin embargo, cada vez que pienso en el Prioiro, la mar se me hace sangre mía y me invade como si quisiera ahogarme, para hacerme definitivamente suyo. Tengo sobre todas una lección suprema del Prioiro. Allí aprendí, en las visitas que le hice por tierra, tanto como lo aprendí en Bermeo, y mejor aun que en las hora solitarias de mis puentes, cómo se alcanza y se sostiene, ya te lo dije al principio, la mayor y más perfecta felicidad sobre la tierra. Andra Mari me lo ha dicho también, comprendiendo estos sentires. Y yo te digo: Dios, sobre nosotros, los marinos, y toda la mar para uno solo, Nemo. La mar para uno mismo.

Zubeldia me dejó en este punto la meditación de sus palabras. Sobre la mar de Altea, seguía corriendo, a lo lejos, la brisa en el crepúsculo.

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