La muerte del mar

04/05/2007, Carmen Hermida Díaz

Al horizonte un alambre le duele
Borges



Hubo delfines que surcaron el mar de Ponzos con su infinita gracia acrobática, sin temor ni misterio, hacia otras aguas, otros mundos, dejando una estela de mítica dulzura cercana y lejana a un tiempo


Ya no.


Ya los habitantes oceánicos se retiran. Perdidas mil batallas, a punto de perder la última guerra a manos de un atávico egoísmo destructor que desdichadamente, corrompe al ser humano, máximo  depredador, ayudado ahora por avances tecnológicos que potencian nuestra capacidad de asesinar la naturaleza con toda la vida visible e invisible que contiene.


Sólo nos faltaba robar el mar.


Traerlo a tierra firme para alimentar peces enjaulados y devolver la mugre, la mierda que generan a ese océano regalador de azules, estrellas, caracolas y un cantar…


Perdimos primero los senderos, después las flores, los olores, nuestro propio caminar entre trigales, campos de patatas, de maíz y espiga y risas sudorosas de adolescencia. Más tarde, las golondrinas, los nidos, el canto del tordo.


No quiero ferrados de tierra malograda.


Ni pisos mirando sin ver el horizonte.


Los pescadores de dinero no pueden entenderlo. Jamás podrán

En manos de quien estamos tierra, espuma, sal, mareas que van y vienen sin perderse nunca.


Solo nosotros nos extraviamos. Erramos el rumbo de la luz, la plenitud del mediodía; los pasos, que nos llevan al triste vampirismo de inocente hermosura.


Lástima haber vivido para ver la ceguera masiva de los poderosos que inundan de fealdad el planeta.


Llueve sorda, gruesa, mansamente de un cielo encapotado de mediados de enero: los indios americanos llamaban a este mes la luna de escarcha. También decía un viejo jefe sioux: que clase de persona vendería los caminos por los que ha de pasar su pueblo.


Eso me pregunto yo.


Que clase de gente nos desgobierna.


“Que será del incesante mar que en la serena mañana surca la infinita arena”


 

 

Carmen Hermida Díaz
Cobas, enero 2007

 

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