El traje en Galicia

01/08/2000, Francisco Rodríguez. Grupo Etnográfico das Mariñas

Hace aproximadamente 100 años se funda en Galicia la Sociedad Folklórica Gallega, a expensas de intelectuales gallegos de la época, tales como Dª Emilia Pardo Bazán, D. Manuel Murguia, (entre otros). Preocupados de la desaparición de la identidad de nuestros paisanos - o sea lo que nos distinguía como gallegos - al abandonar la vieja indumentaria que durante décadas habían vestido y pasado de padres a hijos, fruto de las corrientes de la década y sobre todo motivada por la aparición de nuevos tejidos producto de la llamada revolución industrial. En aquel entonces se abandonaban los tejidos propios de nuestra tierra para dar lugar a otros de menos costosa adquisición. También los cantos y los bailes que nos identificaban dejaban paso a los de la moda de entonces.

Preocupados por esta situación, se crean en Galicia los primeros coros gallegos, digamos grupos de carácter folklórico: en Ferrol el Toxos e Froles y en Pontevedra Lembranzas Galegas, por D. Perfecto Feijóo, para que no se perdieran aquellas costumbres ancestrales. Recopilaron datos de mucho interés tradicional y material de carácter folclórico, que abandonarían más tarde, y comienzan a dar con mucho éxito las primeras exhibiciones en público, sobre todo para gente culta y urbana de aquel entonces que quizás tuviese un gusto más refinado y se inclinase por lo teatral y no por lo puramente tradicional; No obstante aquellos cantares y aquellos indumentos les empezaron a parecer grotescos y demasiado rústicos, tratándose, claro está, de gente urbana de la primera mitad del presente siglo. Pasaron entonces a usar trajes más acomodados y a cantar creaciones polifónicas de ritmo y melodía gallega, compuestas por compositores de la época que estaban en boga, abandonando así en principio idealista que los había unido. Las señoritas dejaron de usar aquellos zagalejos de gruesas lanas e incómodos refajos de picote y pasaron al uso de la enagua. Trajeron mozas de las aldeas, como si de indígenas se tratara, para ver como vestían y como colocaban las diferentes y desconocidas prendas del traje aldeano

Más tarde aparecerían agrupaciones parecidas con la misma la misma ideología, - hacer folklore -, tales como Educación y Descanso, Sección Femenina y grupos de creación espontánea. Sin duda se había abandonado el camino que conducía a una auténtica exaltación y continuación de aquellos modos antiguos y colectivos de ver y hacer las cosas, también motivado por grandes cambios en la sociedad, tales como nuevos medios de comunicación, accesos, nuevos métodos agrícolas, etc.


Grupos como los de la desaparecida Sección Femenina, comenzaron sobre los años 40 y 50 a hacer trabajos de campo por nuestros pueblos y aldeas, a veces no muy acertados, aunque pusieron su granito de arena y su particular visión de las cosas, me atrevería a decir que tal vez en la mayoría de los casos no supieron llegar a la raíz étnica de las cosas. No niego que debemos de agradecer la labor que realizaron muchas mujeres de aquellas décadas, del símbolo político que fuese, pero sí tenemos que achacarles la "folclorización" y los "tipismos" erróneos que llegaron hasta nuestros días en los grupos folklóricos.

A partir del reconocimiento de las comunidades históricas y en un ambiente de cambio, buscando siempre una diferenciación étnica, nacen en Galicia grupos preocupados de "reintegracionar" aquel antiguo formato que se había abandonado a principios de siglo. Gracias a que Galicia siempre fue un pueblo tradicional, conservador y respetuoso con sus costumbres, su pudo recuperar parte del folklore antiguo, gracias a la tradición oral aunque la mayoría de los informantes estuviesen muy influenciados por la radio y la televisión, y confundidos con lo que ellos llamaban "de coros" o sea de grupos y lo antiguo, que aunque desconocían su valor étnico y tradicional, para muchos de los que visitamos las aldeas sabíamos que era lo más puro y genuino de nuestro saber popular.

Desgraciadamente, la guerra civil española y sus secuelas mermaron la población y con ella se fueron los mejores gaiteros, los mejores bailarines, los mejores cantadores y aquellos trajes de ceremonia guardados en las arcas a principios de siglo por estar anticuados, tuvieron que ser vestidos de nuevo en los años de la posguerra y con el desgaste de los mismos desaparecieron los vestigios de la antigua indumentaria, llegando a nuestros días alguna prenda que otra, pero ya de relativa antigüedad.

Aun así, a través de recopilaciones hechas a principios de los años 70, tanto en bibliografía antigua, museos, testamentos, trabajos de campo, fotografías, trajes encontrados en antiguas casas de labranza e incluso en grupos folklóricos, podemos hablar hoy en día del traje tradicional gallego.

Para el estudio del traje gallego, debemos de tener en cuenta muchos factores y conceptos anteriormente descritos y sobre todo el aislamiento geográfico que Galicia padeció a lo largo de los siglos, factor este que tal vez nos benefició a la hora de conservar nuestra riqueza etnográfica.

Un detalle importantísimo es no asociar el estudio del traje a la actual división provincial, ya que data de 1833. Sí seria más acertado estudiarlo a través de las provincias de Antiguo Reino de Galicia, pero sin duda la clave está en el estudio por regiones naturales y comarcas antiguas de Galicia, que aunque burocráticamente se hubiesen creado otras con nombres parecidos, en la memoria colectiva de la gente de las aldeas, perdura hoy en día el nombre de la tierra a la que pertenecen. Sus hórreos, su variante lingüística, su arquitectura popular, sus haceres cotidianos son inconfundibles aún hoy en día. Muchas son las diferencias que existen entre Xallas, Bergantiños, Barcala y As Mariñas, aun cuando son comarcas todas ellas vecinas.

Tal vez en Galicia se podría hablar de un sólo traje popular, ya que las prendas más usuales, tanto en las mujeres como en los hombres son prácticamente las mismas, a excepción de las comarcas limítrofes con el norte de Portugal y en la actual provincia de Ourense, donde existen prendas comunes a ambos lados de los limites fronterizos, propias de esas tierras y no influenciadas por las culturas vecinas como erróneamente se cree.

La mayoría del traje popular está confeccionado a base de diferentes hilados del lino y lana, que reciben distintos nombres según el tejido con que se hayan realizado; tales como picote, candil, sanel, estameña, cúbica, nazcote, estopa, lenzo da casa, baeta, etc. No podemos olvidar aquellos que nos llegaron de otras culturas, tales como los terciopelos, los merinos, los paños de Béjar (sedán), los de Segovia, de Tarazona o el de Torrejoncillo.

Para cada prenda, existía un tipo de tejido y cada tejido, según su acabado y su elaboración estaba destinado a uso diario, dominguero o ceremonial. En cada comarca ese mismo tejido recibe diferentes nombres y diferentes aplicaciones, según el estado social de la portadora o según la clase social de la misma.

Claro está que una moza de la clase social de los señores no podía vestir de picotes, ni una labradora podía aspirar a vestir "la moda".

Muchos eran los estados sociales que el pueblo gallego mantuvo durante siglos, o sea el estado en que se encontraba una persona durante períodos de su vida y este estado se marcaba físicamente a través de la indumentaria.

Hoy entre nosotros sólo perdura el luto y el alivio, pero muchos estados quedaron reflejados a lo largo de los tiempos en la indumentaria tradicional gallega; como la soltería, el petitorio, casados, viudas, ausencias, lutos perpetuos, etc. y llegaron a nuestros días prendas que confirman estos estados, tales como pañuelos de petitorios, mandilones de luto perpetuo, sayas de casadas y solteras, mantelos y dengues de ausencias, etc.

La sociedad marcaba sus propios deberes y quehaceres a través de la tradición oral. Los petrucios, que eran los mayores del lugar, marcaban la moda tradicional aunque permitían ciertos atrevimientos en los cortes y hechuras de las prendas, sobre todo a las mozas solteras, sin salirse de la tradición marcada generación tras generación, pero debiendo guardar la compostura, el recato, el colorido y el significado ancestral de cada prenda. Nunca criticaban adornos o bordados, pero si el atrevimiento y la osadía de vestirse con prendas de otra clase social. Aunque este comportamiento petrucial decayó bien entrado el siglo XX, todavía se pueden ver y oír ciertos reproches petruciales en la actualidad.

Aunque una moza de una clase social determinada tuviese medios para adquirir prendas de "moda", podría mejorar su indumentaria con paños y tejidos de primera calidad o bien paños adquiridos en mercados foráneos y decorar ricamente sus prendas, pero nunca vestiría indumentarias que no fuesen de su clase.

Cada pieza de ropa podía mejorarse en calidad, si fuese para uso de los domingos o para uso ceremonial, la mejora residía en la riqueza o calidad de los paños y tejidos o en el ornamento de aderezos y collares.

En el transcurso de los años, los petrucios perdieron su autoridad, el concepto fue cambiando y se introdujeron tímidamente prendas nuevas en la indumentaria que la transformaron por completo.

La revolución industrial abarató y llenó mercados y ferias de un nuevo tejido denominado "percal".

La aparición de los telares mecánicos cambió el rumbo de traje artesanal y tradicional, dejando paso automáticamente a la moda o mejor dicho a la comodidad de vestir prendas más parecidas a las usadas por clases sociales más acomodas, de hechuras tal vez más sencillas y dejó paso a la variedad de vestidos, sobre todo jugó una buena baza a la coquetería en la nueva mujer del siglo XX.

Como otros aspectos que integraban el vivir antiguo del pueblo, el traje característico tradicional de cada tierra acabó como elemento de pleno y natural sentido, es hoy una reliquia del pasado que duerme inerte en las antiguas arcas, donde se exhuma apenas para figurar en carnavales, en fiestas en grupos folklóricos.

Producto del mundo rural en que se integraba, que modelaba su propio equilibrio, precisaba poco de ir a buscar fuera del circulo local y encontraba todas las soluciones en aquello que la tierra generosamente daba, el lino, la lana, tratados, hilados y tejidos en casa según el saber centenario y profundo - que era también el amor - de las cosas de la naturaleza, de sus cualidades y secretos sutiles, las plantas que hacían los mejores tintes, las maderas de las que la ceniza blanqueaba mejor sus madejas, de las formas, de las combinaciones de colores, de los significados, de los usos, de los símbolos, en la línea consagrada de la antigua tradición, afinada a lo largo de las generaciones y transmitidas con el propio pulsar del ritmo de la Casa, que concedía su matiz original de lo que se apropiaba.

Exprimiendo así las condiciones de cada tierra, ello era el espíritu mismo de la variedad y de la diferencia. Y aquella tradición no anulaba la inventiva y gusto personal, ella marcaba el camino, pero cada mujer lo recreaba dentro de si. Y en esta harmonía estaba su sentido, su nobleza y la ley de la belleza.

Hoy, todo esto acabó, los tejidos vienen de las fábricas, el traje regional dejó paso a la moda, igual por todas partes; y en esta nueva orden me pregunto ¿ donde esta el individuo y su originalidad?.

 

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