Caricatura dun político de Cobas

01/04/2002, Tino Santiago. Xornalista

Non hai unha explicación clara de "por que", pero o certo é que nesta esquina do Cabo Prior Temos unha vocación política, ou polo menos unha presencia nas institucións políticas de nacidos en Cobas, ou vencellados directamente á parroquia, notabilísima. Algún número de Columba temos que dedicar a esto para, polo menos, dar conta da intensa vida política que en tódalas épocas se viviu na parroquia a pesar a fama de insolidarios que temos.

Traemos hoxe aquí unha crónica parlamentaria escrita por Wenceslao Fernández Flórez o 14 de xuño de 1918 no diario monárquico ABC, dentro da súa celebre sección Acotaciones de un oyente. O protagonista é o avogado Angel García Valerio, deputado pola circunscrición de Ferrol entre ese ano de 1918 e o 1923. Os García Valerio residían en Serantes, daquela o concello ó que pertenciamos, e tiña varias posesións en Cobas. Hoxe poderiamos dicir que eran os nosos caciques. Era liberal, do partido de García Prieto, que era o presidente do Goberno cando se produciu a sesión da que fala a crónica de Fernández Flórez. Non foi so un político moi brillante, nin máis ou menos eficaz ca outros moitos deputados que representaban a Galicia naquel tempo.

Acotaciones de un Oyente é unha das series clásicas do xornalismo parlamentario español, se cadra a mellor e unha das columnas políticas máis influintes da súa época. Publicábanse no ABC que era, e é, un xomal monárquico, conservador, que mantiña fortes diferencias cos gobernos de García Prieto.

Wenceslao Fernández Flórez coñecía ben o ambiente político de Ferrol, pois foi director dun xornal na cidade cando a penas tiña 20 anos, neste artigo cita ó Marqués de Amboaxe -o fillo do primeiro marqués, don Ramón Plá y Monge- a quen o Tribunal Supremo anulou a súa acta de deputado por fraude electoral, e transcorre a finais do mes de xuño do 1918, estaba xa preto o verán, o resto de Europa padecía a primeira guerra mundial, as súas señorías debatían o proxecto de lei da Reforma Militar, presidía o goberno García Prieto e a cámara don Miguel Villanueva y Gómez... comeza a sesión, digo o artigo.

LA PIEDAD DE UN DIPUTADO

Wenceslao Fernández Flórez

En un banco solitario, tres o cuatro escalones más elevado que el de la Comisión, divisamos la cabeza roja, y como enjabonada por las canas, de don Angel García Valerio, diputado por Ferrol. Naturalmente que la cabeza del señor García Valerio no estaba sola. Los escritores hablamos a veces de cabezas, de manos, de piernas, como si estuviesen absolutamente independizadas. No es así. Por otra parte, es casi seguro que si se hubiese presentado en el hemiciclo tan solo la cabeza del señor Valerio con la pretensión de colocarse en un escaño, detrás del banco azul, el señor Villanueva no lo hubiese consentido.

Aclaremos, pues, que la cabeza del señor García Valerio estaba ayer unida a su cuerpo robusto con esa estrecha e intima solidaridad y esa confortable armonía que reinó entre todos los miembros del diputado gallego. Acompañando a esa cabeza venían, además, un sombrero de paja y un bastón, miembros suplementarios que el señor Valerio colocó cerca de él, en la envoltura roja. del escaño.

Muy pocas veces en nuestra vida nos ha sido dado a tratar con personas de tan suave bondad como la del señor Valerio. El señor Valerio, un poco apagado, quizá un poco tímido, complaciente, ensimismado, teme las apoteosis y los clamores. Fue el primer español que compró y usó botas con piso de goma. Cuando el señor Valerio pudo pasar como un fantasma por la calles de Ferrol, silencioso, sin despertar eco con sus pisadas, advirtió una verdadera felicidad. El mundo, sin embargo, le reservaba sorpresas dolorosas. Le hicieron diputado provincial. Durante muchos días se vio obligado a abandonar su dulce retiro de Serantes y pasar la Marola -donde los vientos del Noroeste alzan oleadas furiosas-, sobre la cubierta de un pequeño vapor que le transportaba a La Coruña. Fue entonces cuando el señor Valerio dio pruebas de que su corazón no solo rebosaba amor a los humanos, sino a todos los seres creados por Dios, Nuestro Señor. Arrebatado por una exaltación casi franciscana, el señor García Valerio se quedaba sin alimento en su estómago por ofrecérselo a los peces que viven en la agitada confluencia de las rías de Sada y El Ferrol. Por las mañanas, el senor García Valerio vería en el agua marina, desde lo alto de la obra muerta, el almuerzo injerido golosamente en algún restaurante del parque de Méndez Núñez. Las malas personas, incapaces de comprender tanta grandeza de alma, decían que el señor Valerio se mareaba en esos viajes. Nosotros sabemos que no es verdad. El señor Valerio procedía así por un impulso caritativo. Muchas merluzas y no pocas docenas de sardinas que tenían en el un padre, crecieron y engordaron a sus expensas. Y es dato muy importante de que el precio de los besugos de la Marola hubiese aumentado por haber mejorado la raza, cuando el señor Valerio fue diputado provincial.

Ahora, los excelentes ferrolanos lo envían para que les represente en Cortes. Hace tiempo que el cuerpo electoral de aquel distrito tiene una señalada preferencia por los hombres silenciosos. Su anterior diputado, el señor Marqués de Amboage, hizo tan gran esfuerzo en este sentido, que ni aun sus vecinos de escaño conocieron jamás su voz. Llegó a saludar por señas. El señor Valerio no podrá superarle, por grande que sea su tesón.

Decíamos que ayer el señor Valerio asistió a la sesión del Congreso. Su deber le reclamaba allí. Discutíase la base tercera de las reformas militares, que se refiere a las fuerzas que en las bases navales debe haber. Según el proyecto, en el Ferrol existirá una guarnición compuesta de un regimiento de infantería, una comandancia de artillería de costa, una compañía de zapadores de fortaleza, otra de aerostación, una sección de Intendencia y otra de Sanidad. No es posible ocultar que al tener conocimiento de esto don Ángel sintió naturales vacilaciones. ¿Qué debía hacer? ¿Cuál era en este punto inesperado la conveniencia de El Ferrol? ¡Oh, si estuviesen aquí sus buenos amigos de la tertulia de aquella botica de la calle Real...! Pasó su mano por la frente, suspiró, miró a la lucerna...

Pero su sobresalto creció al ver que el señor Lloréns pedía la palabra para comentar la base tercera. ¡Diablo! ¡A ver si aquel condenado de Lloréns iba a solicitar que suprimiesen el regimiento de Infantería o la sección de Sanidad! Entonces no habría más remedio que intervenir en el debate. El bondadoso corazón del señor Valerio brincó bajo el chaleco de fantasía. No se ocultó el digno diputado las dificultades con que tropezaría para hablar ante tantas personas. Sopló, resopló. Al fin, pudo trazarse un plan afortunado. No hablaría. Si el señor Lloréns decía algo opuesto a los intereses del distrito, lo mejor era esperarle en los pasillos y pegarle un bastonazo. Pero el señor Lloréns no se refirió a El Ferrol. Y apenas se hubo sentado, antes de que el señor Valerio pudiese meditar en sus deberes, ya estaba en pie don Pío Suárez Inclán, con su eterna y extraña sonrisa -copia de la del señor González Hontoria- refutando sus afirmaciones. Poco después quedaba definitivamente aprobada la base tercera.

Si el señor García Valerio quiere seguir un buen consejo e imitar a la vez la conducta de sus antecesores en esa representación, debe correr a Telégrafos y enviar al alcalde ferrolano un despacho que diga:

"Conseguimos (no olvide esta interesante primera persona del plural), conseguimos aprobación base tercera. Irán regimientos, para satisfacción de los fondistas locales. El público podrá distraerse con la novedad de unos zapadores de fortaleza. Habrá también una compañía de aerostación, que volará todos los domingos. Tratándose de mí y de El Ferrol, García Prieto no quiso escatimar nada. Pongan colgaduras".

La sencillez del señor Valerio acaso le impida hacerlo así. El se lo pierde. Hace muchos años que no es otra la conducta de los diputados de su distrito.

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