Arder, comer e beber

15/04/2011, Mario Valdivieso Mateo

El impuesto de consumos, heredero del Antiguo Régimen, se mantuvo con variadas modificaciones y alguna abolición temporal1 hasta bien entrado el pasado siglo, en pleno tardofranquismo. Los artículos sujetos al impuesto fueron popularmente clasificados en relación con las necesidades más comunes del consumidor. Así, en “arder” estaban comprendidos los combustibles, fundamentalmente el carbón y el petróleo lampante, conocido como “o gas”; en “beber”, el alcohol en sus variados aspectos; y en “comer”, pues eso, las múltiples “cosas de manducar.”

 

El acto recaudatorio se llevaba a cabo en los lugares de acceso a las poblaciones, donde se emplazaban los dependientes del Arrendatario de Consumos, persona adjudicataria de un concurso público convocado periódicamente por las autoridades municipales, como una gestión impuesta por el Estado. Tales dependientes, conocidos popularmente como consumeros, solían establecerse para efectuar su trabajo en unos habitáculos nombrados “fielatos” 2, que eran una especie de portazgos por donde deberían de pasar todos aquellos que introdujeran alguno de los artículos sujetos al impuesto de consumos, con objeto de satisfacer la correspondiente tasa.

 

La aplicación de aquel impuesto estuvo acompañada siempre por un manifiesto rechazo por parte de los ciudadanos que sufrían un abusivo encarecimiento de los productos básicos para su propia subsistencia. Era un gravamen injusto, impopular y vejatorio; una chapuza aberrante y fomentadora de ilegalidades, cuya permanencia nunca fue aceptada ni siquiera por los gobernantes que mantenían su vigencia. En los medios de la época eran varios los que expresaban el convencimiento común acerca del anacronismo de un procedimiento impositivo cuasi medieval, para cuya ejecución eran utilizados métodos policiales de burda factura.

 

Así las cosas, persistía en todo el país una consecuente animosidad de los vecinos sobre los consumeros, por ser los sujetos visibles contra quienes mostrar su desagrado y, si se les ofrecía la ocasión, pasar de contrabando algo. Esta situación dio lugar a un sinnúmero de anécdotas esperpénticas, algunas de ellas con desenlaces dramáticos cuando se acentuaba el empeño de algunos por colarse y el de los otros por excederse en sus funciones. También hubo desacuerdos entre los dependientes consumeros y el administrador de consumos y entre éste y las correspondientes alcaldías. Los medios de control de los que se servían los fieles solían ser molestos y humillantes para los vecinos, dependiendo el modus operandi de la idiosincrasia del vigilante de turno. A modo de ejemplo menciono el pincho que empleaban para detectar algún artículo oculto dentro de un paquete o bolsa de apariencia legal. El tal pincho3 podía ocasionar daños, provocando las lógicas quejas del propietario del paquete pinchado. A este respecto cito una anécdota que relata el riesgo que corrió Adolfo Thiers4 cuando, siendo un bebé, era conducido por su madre en la bolsa de un serón acomodado sobre el lomo de un paciente asno; al llegar al fielato, como la madre del bebé no tenía nada que declarar, continuó caminando llevando las riendas del pollino. Héteme aquí que un desconfiado dependiente de consumos, sospechando del contenido del serón, se acercó con el pincho en ristre dispuesto a perforarlo. Un aterrorizado grito de la madre impidió un involuntario infanticidio. En las ciudades más populosas existían bandas organizadas para transgredir la obligatoriedad de pagar al paso de los fielatos, sirviéndose de diversos medios para sorprender a los vigilantes. Fueron numerosas las ocasiones en las que se libraron auténticas batallas campales en las que salían a relucir palos, navajas y pistolas; y más de uno, matutero o consumero, terminó con su cuerpo en el hospital o en el sepulcro. Cuando los fieles guardadores se sentían superados por los matuteros obtenían el apoyo de otras fuerzas públicas, tales como algunos miembros de la policía municipal o de la misma Benemérita.

 

Entre un considerable número de referencias, selecciono primeramente un suceso acontecido en Granada a mediados de Marzo de 1887, cuando las autoridades fueron informadas de un enorme alijo de pellejos de vino que habían sido introducidos de matute. Dependientes de consumos y policías consiguieron asediar el clandestino almacén donde, además de la mercancía, se encontraba un buen número de matuteros que fueron detenidos. En las calles inmediatas al lugar del delito se fue sumando una multitud de hombres, mujeres y niños, supuestos familiares y amigos de los contrabandistas. Así lo relataba un periódico local:

 

“Los ánimos se hallaban, tanto en el interior de la casa como en la calle, en estado de efervescencia. La gritería inmensa de los prisioneros, que desde la tapia del jardín excitaban a sus familias y amigos para que les defendieran, produjo su efecto entre unas 800 personas que allí pululaban. Se fraguaron planes para librar a los matuteros y los guardas y policías se encontraban como gallina en corral ajeno, siendo el objetivo de todo linaje de osadías. En algún momento quisieron prender fuego al edificio para ocasionar un desorden que facilitase la fuga. El juez de guardia, informado de aquellas maquinaciones, dispuso la conducción inmediata de los matuteros.

 

Eran las dos menos cuarto cuando, tras abrirse las puertas, salieron custodiados y amarrados los primeros seis matuteros. Con una violencia extraordinaria la muchedumbre se arrojó, provistos de navajas y pistolas, sobre los aterrorizados guardias, quienes tuvieron el buen sentido de abandonar a sus prisioneros y refugiarse en una casa contigua.

Atendiendo a la solicitud del resto de matuteros encerrados, numerosos grupos violentaron las puertas de la cochera donde fueran presos, hasta que hicieron saltar sus bisagras, desplomándose el portón en el suelo con infernal estrépito empujado por los retenidos, quienes pronto se perdieron entre aquella multitud.

 

Afortunadamente, tanto los empleados de consumos como la Guardia Civil y policía adoptaron el temperamento de no hacer resistencia; pero, en gracia a la verdad, estuvo a punto de ocurrir un deplorable y serio conflicto de orden público.

 

Posteriormente se presentó el gobernador en el sitio del suceso.

En una habitación de la casa asediada se encontró a un matutero tendido. Dormía profundamente, merced a una gran borrachera que le impidió enterarse de la fiesta.

La empresa de consumos consiguió incautarse de 24 pellejos de vino.”

 

Lo ocurrido en Granada no era un hecho aislado ni mucho menos, ya que en todo el ámbito nacional las grescas ante los fielatos eran harto frecuentes. En las grandes poblaciones existían grupos organizados en los que solían participar, cuando no tutelar, personas de apariencia respetable en cuyos roles colaboraban algunos dependientes corruptos. Cito, a este respecto, una red descubierta en Madrid a principios de junio de 1890. Las autoridades de la Villa y Corte, tras un metódico trabajo de investigación, consiguieron sorprender en su propio cubil a los “capos” principales de aquella banda. Se les ocuparon billetes de banco y documentos comprometedores. Los principales implicados resultaron ser el director de un semanario de temas municipales, un teniente visitador y un conocido introductor de matute. Con ellos fueron desenmascarados varios dependientes y otro teniente visitador, llegando a ser detenidas en aquella redada más de 14 personas.

 

Como muestras de otros intentos menos delictivos, menudeaba la vieja costumbre de sobornar a algún corrupto fiel –infiel, en este caso–, y las mil y una inventivas emanadas del incesante quehacer de los matuteros. En esta línea es interesante traer a nuestra memoria las mañas y procedimientos de los que se servían para burlar el control de entrada de algunos artículos. En muchas ocasiones se jugaban su integridad física al tener que sortear el sinnúmero de riesgos que entrañaba el franqueo de los controles, teniendo que engolfarse por vericuetos inhóspitos para tratar de sortear la permanente actitud de perros de presa que adoptaban los dependientes del resguardo correspondiente. Solían desarrollar su ilegal actividad por la noche, mejor cuanto mas negra y desapacible. Seguían trayectos estudiados, vadeando ríos, remontando zarzales, saltando tapias y alambradas de espinos y cuidando no perder ni dañar el matute, que podría ser petróleo de alumbrado, aceites, bebidas alcohólicas y otros muchos artículos.

 

Para burlar la vigilancia de los dependientes construían variopintos artefactos, a cada cual mas ingenioso. Si hoy fuera posible acopiarlos, sería ocasión de reunirlos en un fantástico museo: el Museo del Matute, podría titularse. De pasada mencionaré que podrían pasar el matute en recipientes de doble fondo, tales como cántaros de leche que solo tenían ese líquido en una pequeña parte superior, en coches fúnebres (a veces con “fiambre” auténtico, ¡faltaba más!), en monturas de caballerías, en tablones huecos acompañados de algunos no trucados, en los varales o “fungueiros” de los carros, etc. Eran muy comunes las vejigas y los “petos” de zinc o de hojalata, que consistían en unos chalecos conformados al pecho y espalda, suspendidos del hombro por sendas correas. Los portadores de tales petos eran conocidos como “empetados.” Las mujeres, que entonces vestían habitualmente faldas largas, dejaban suspender de sus cinturas jamones, chorizos, vejigas, botas de vino, pequeños mamíferos y aves, que sujetaban con bandas de cinta a sus piernas. Hombres y mujeres, para disimular el incremento de volumen, vestían atuendos holgados. Otro procedimiento muy común –identificado con cierta estrategia militar– consistía en organizar un escándalo o un aparatoso intento de pasar cierto matute con objeto de desviar la atención hacia algún lugar distante del punto por donde pretendían pasar el matute principal. Tanto los matuteros como los propios dependientes tenían sus espías y, por supuesto, también existían los chivatos en uno y otro bando. En cada lugar y entre cada conjunto de matuteros se establecía un desafío para aguzar el ingenio que hacía surgir todo un catálogo de medios para dársela con queso a los consumeros. Sucedía, sin embargo, que todos o casi todos los medios de matutear terminaban por ser conocidos por los dependientes debido a los frecuentes soplos, al espionaje del contratista de arbitrios y a la actitud vigilante de los fieles, que no se chupaban el dedo. De un periódico de 19025, anoto: “…en un coche de guiar de cuatro ruedas, tirado por dos briosos caballos, y en el cual iba guiando un cochero de librea, el lacayo a su lado y dos señores muy graves y muy tiesos sentados atrás, pasaban alcohol. ¿Dónde? Muy sencillo: iba contenido en los dos señores, que eran sencillamente dos maniquíes preparados ad hoc” .

 

Frecuentemente, como una auténtica representación de corte teatral, algunas damas utilizaban la argucia de hacer medrar sus delanteras o sus abdómenes con rellenos de chorizos, vejigas conteniendo alcohol o aceite, tiras de carne o cualquier otro artículo más o menos moldeable. Expongo a propósito lo que le ocurrió cierta vez a una “señora respetable” que se encontraba en estado de buena esperanza. Reproduzco literalmente6:

 

“ABORTO.– El jueves de la semana pasada, al anochecer, entraba por la puerta de San Vicente una muger con todas las apariencias de embarazada, pues se elevaba extraordinariamente su vientre, y al parecer se hallaba en el momento de duplicarse, sufriendo los dolores con que el Criador del mundo condenó á la muger.

Un dependiente de dicha puerta, á quien sin duda chocó la conformación de aquella barriga, invitó á la muger á que entrara en el fielato, donde caso necesario se le hubiera practicado la operación por una experta matrona; pero afortunadamente no fue necesario, pues en cuanto se halló á cubierto dejó de oprimirse el vientre y en el acto se desprendió de entre sus faldas un cochinillo lechal, que empezó á correr y á gruñir como si ya comiese sopas.

Pasado el primer asombro se aplicaron a la paciente las leyes contra los defraudadores del derecho de puertas, tras lo cual quedó la muger curada del sobreparto.”

 

Protagonizado también por una mujer, y en este caso como ejemplo de un manifiesto abuso de autoridad por parte de los dependientes de consumo, cito un suceso acaecido en Vigo en 18457:

 

“Al pasar una infeliz mujer por una de las puertas de esta ciudad la detuvieron los carabineros de aquel fielato bajo el pretexto de registrarla por sospechas de contrabando y, después de haberla introducido en la casilla la hicieron desnudar, o mejor dicho, ellos mismos practicaron la operación. Este atentado causó un gran disgusto e indignación en las personas atraídas al lugar de la escena por los gemidos de la inocente, a la que después de haber incomodado sin las consideraciones debidas a su sexo, nada la hallaron del supuesto matute.

Si este caso fuese aislado no significaría nada; pero siendo excesivos los vejámenes que diariamente está sufriendo la gente del campo, y aun de la ciudad, merece que llamemos sobre ellos la atención del gobierno.”

 

Era evidente a arbitraria conducta dos desaprensivos dependentes vigueses. Nembargantes, o legal e habitual era que as mulleres só foran sobadas polas matronas, que debían ser unhas señoras de armas tomar. Claro que tamén algunhas matuteiras, segundo relatan as xentes de máis idade, tiñan máis dun par de… argumentos para saltarse á toreira as máis elementais normas de corrección.

 

Cando as disconformidades se daban entre os fieles e o administrador, coa posible intervención das autoridades locais, a situación mudaba contra un aspecto encadrado na trama das relacións laborais, neste caso a súa traxectoria e resolución dependían normalmente do que casaba co poder, quen casi sempre adoitaba ser o que calzaba botas. Desa traza foi o que acontecera na Coruña a principios do pasado século, onde se chegou a unha folga de consumeiros. Comezóu cando o 26 de xullo de 1900 unha densa representación obreira acorda en asemblea solicitar a supresión do imposto de consumos nos artigos de primeira necesidade. Inmersos naquel clima, os consumeiros, que sufrían tamén os efectos da crecente carestía, deciden declararse en folga en marzo de 1901, o cal desenlace supuxo o aumento dun real no xornal e outras axudas.

 

Este precedente facilitou as reivindicacións dos dependentes de arbitrios de Ferrol, que acadarán no maio seguinte que foran aceptadas as súas demandas. Nembargantes, na Coruña reiniciouse o conflicto a finais de maio e a intervención das forzas públicas ocasionóu uns tráxicos resultados, o cal recordo enche a un de abraio e vergoña, e que prefiro non relatar.

 

Unha situación de gran crispación foi provocada en 1895 en Ferrol polo arrendatario Justo González Salorio e o seu apoderado José Pérez, a cal ambición forzáballes a pretender cobrar pola introducción de aceite de fígado de bacallao8; ou o intento de facer pagar polo carbón destinado á Mariña, iñorando a exención legal que lles eximía de facelo. Outra irregularidade consistiu en non querer satisfacer o importe duns bocois de viño que tiña almacenado un tal Barreiro, polos que pagara a súa entrada relixiosamente, e que pretendía sacar da cidade. Por entón consumíase bastante viño e a súa calidade adoitaba ser modificada polo sinxelo método do bautizo. Esto o sabía o arrendatario, quen mantiña un comportamento máis que dubidoso, xa que tamén participaba no negocio do viño. Xuiz e parte, chámanlle a iso.

 

En relación coa determinación dos artigos suxeitos ó cobro de arbitrios, a finais do século XIX houbo en Ferrol un sonado desacordo entre o administrador de consumos e a Compañía Catalana de alumeado por gas, que utilizaba unha especie de petróleo cru chamado “esquisto bituminoso”, utilizado para obter aquel “gas rico” para o alumeado. O señor Fuster, xerente da compañía, afirmaba que no contrato acordado co Municipio non existía a obriga de pagar pola entrada do esquisto nas instalacións do gasómetro, pero o administrador de arbitrios secundado posteriormente pola corporación municipal, dicía que “aquelo” era un aceite e que polo tanto tiña que pagar. No transfondo daquel litixio existía a torta intención de forzar a rescisión do contrato protocolizado coa Catalana, por parte dos rexidores municipais, para facilitar o establecemento da corriente eléctrica.

 

Excepcionalmente ocorreu tamén que os vixiantes chegaron a ser obxeto de vixiancia, cando o arrendatario desconfiou da conducta dalgúns dependentes. Cito un encontro acaecido en Ferrol en agosto de 1904 entre o arrendatario Sr. Pérez e os seus propios dependentes, motivado por ter sido sorprendidos durmindo cinco deles estando de servicio, amáis dun cabo. Isto deu motivo para o despido dun deles e unha sanción ó cabo, ameazando con máis despidos se volvían faltar ó seu deber. O aviso non debeu surtir efecto xa que na seguinte noite sorprendeu a tres durmindo no seu posto, despedindo a outros dous. A maioría dos consumeiros, agrupados na Sociedad de Guardias de Consumos de Ferrol, declaráronse en folga, con gran anoxo do arrendatario que requiriu a intervención do Gobernador. Os folguistas repartiron un manifesto expoñendo o que crían seus dereitos9.

 

Empeorouse a situación cando, naqueles días foron derrubadas as vaias que cerraban os boquetes da muralla entre a Porta Nova y a de Caranza, tendo desaparecido as madeiras das mesmas. Namentres durou a folga foron empregados como dependentes algúns esquirois. Para manter a orde o Gobernador mandou que viñeran varios números da Benemérita, procedentes dos pobos cercanos. A cousa complicouse cando a finais de agosto un grupo de folguistas agredíu aos esquirois Manuel Chao e José Soto10. A principios de outubro as asociacións obreiras coruñesas celebraron un mitin solidario cos folguistas ferroláns no Teatro Circo Emilia Pardo Bazán. De pouco servíu, porque finalmente os consumeiros detidos durmiron moitos días no cárcere e, como pretendía o Sr. Pérez, dos demáis despedidos readmitiu aos que considerou máis dóciles.

 

No concello de Ferrol e colindantes tiveron lugar tamén, ¿cómo non?, numerosas anécdotas, a cal lembranza danos unha idea do carácter daquelas rivalidades. Así, no entorno do porto acontecían esceas caseque a cotío, como unha rexistrada na prensa onde relata que en novembro de 1892 unha veciña de Ferrol de condición poidente –alomenos na aparencia– acompañada da súa fámula, desembarcara en Curuxeiras procedente de Mugardos, portando –a fámula, claro– un colchón. Ó pasar polo fielato, o desconfiado consumeiro localizóu (quizáis polo olfato) unha fermosa ristra de chourizos. A boa señora tivo que pagar e encima quedóu fichada. Curiosamente, ese mesmo día un señor respectable e de profesión nobilísima, acompañado tamén da súa criada que portaba unha inocente cesta, foi molestado cando o desaprensivo dependente atopou –¡vaia por Deus!– outro cándido alixo de chourizos. Neste caso o cabaleiro ameazou ó fiel, alegando ser uña e carne co arrendatario. O de sempre… ¡Non sabe vostede con quen está a falar! Aquel foi un día de chourizos…; e de matuteiros de certo pelo.

 

Anos despois, un sábado de 1901 tras arribar o vapor da carreira coruñesa, os dependentes do resguardo quixeron deter a unha muller sospeitosa que chegara de Mugardos e que, segundo un soplo, viña con vixigas cheas de alcohol. Cando os dependentes quixeron detela, enarborando as súas inseparables porras, ela volveu sobre os seus pasos cara a rampla do muelle, sendo xaleada e protexida polo xentío que alí estaba. Finalmente foi detida e rexistrada pola matrona do fielato que non lle encontróu nada. Esta, fora de si, atizoulle uns cachetes que provocaron as queixas da matuteira e os berros do xentío, amén dalgunhas pedradas contra o fielato.

 

É de notar que, ademáis de levar a cabo o cobro correspondente ó producto que entraba na cidade, tamén se efectuaba unha certa inspección sanitaria, moi especialmente en relación con todo tipo de carnes. Neste caso o veterinario municipal determinaba a realización dos controis precisos. Tamén eran examinadas as bebidas alcohólicas, en orde a súa graduación11 e, sobre todo, á súa orixe. Sobre este particular, venme ó pelo citar o ocorrido no entón concello de Serantes, cando a xente e as autoridades estaban alarmados ante unha morea de intoxicacións atribuídas ó consumo dun augardente despachado en certos establecementos. Finalmente sóubose que todo procedía duns bocois raqueados na praia, que resultaron conter algunha substancia tóxica.

 

Entre as múltiples tentativas por forzar a vixiancia dos resgardos de consumos, menciono que nunha noite de agosto de 1901, cando efectuaban a ronda algúns vixiantes nas inmediacións do fielato da Ponte das Cabras, sorprenderon a un grupo de uns oito ou dez homes que pretendían introducir unha considerable partida de matute. Tras ser descubertos fuxiron, deixando abandoado un barril de duas arrobas de viño, outro igual con aceite, 22 kilos de xabrón, un garrafón de augardente e 8 kilos de unto. Cando xa os consumeiros trasportaran o matute ó fielato que había na estrada de Castela, reapareceron os matuteiros acompañados por algúns carreteiros que trasportaban leña e, armados de paos, pretendían recobrar o alixo. Malia o acoso, os vixiantes, que dispoñían de armas, conseguiron ilos burlando namentres un deles achegouse o posto máis próximo da Garda Civil desde onde se desplazou unha parella. Era a unha e media da madrugada cando os matuteiros optaron por retirarse co rabo entre as pernas. Ás veces gáñase e outras se perde. Meses antes, noutra tentativa acaecida tamén na Ponte das Cabras, o cabo daquel resgardo José Quintía Cobos resultou cunha ferida punzante provocada pola agresión dun matuteiro contrariado.

 

Un aspecto curioso estaba constituído polo paso das bicicletas, que tiñan que satisfacer mensualmente unha cantidade a troques dun recibo sen o cal non podían pasar polo control do fielato. Cóntame o noso amigo Manolo Alonso que nos momentos previos á entrada ó traballo na Constructora, adoitaba concentrarse un grupo de obreiros montados en bici para pasar ante o fielato, e algúns aproveitaban a desorde sen se deter, pedaleando a todo “filispín”.

 

A maioría lograban pasar, pero algún era detido bruscamente cando un consumeiro malintencionado corría enarborando o pincho que introducía entre os radios dunha roda. Resultado: bicicleta destrozada e obreiro caído, ou á inversa.

 

Tamén coa bicicleta como protagonista, reproduzo unha noticia que figura nun xornal local, co epígrafe “Matute fin de siglo12”:

 

“ El guardia municipal Juan López Luaces manifestó a la Alcaldía que a las once de la noche de ayer se le presentó un guardia de consumos diciéndole todo lo que sigue:

Un individuo, vecino de la calle de San Nicolás, entró en bicicleta a toda velocidad por la Puerta Nueva. Los empleados del resguardo lo persiguieron y, aunque el parte no dice como, el resultado fue que como corre mas un sabueso que una bicicleta, el individuo fue detenido. Sucedió que el ciclista –y aquí puede hallarse la explicación de haber sido alcanzado– no siendo muy experto en las carreras de obstáculos, tropezó contra el batiente de la puerta Nueva, lastimándose ligeramente. Detenido el joven pasó con su máquina al fielato y ya en su interior le fue ocupado un garrafón con varios litros de alcohol. Por efecto de su torpeza o nerviosismo el envase se derramó por el piso del fielato y por una coincidencia fortuita se apagó el farol en aquella estancia.

Cuando el jefe del puesto intentó encender la luz, tuvo un desliz cayéndole la cerilla al suelo. Se inflamó el alcohol que fue sofocado prontamente, no sin quemarse los pantalones del imprudente, porque no es justo en estos casos que se quede sin castigo ninguna falta.

Epílogo:

La bicicleta quedó detenida.

El jefe se quedó sin pantalones.

El alcohol se quemó.

El ciclista pasó a curarse a la Casa de Socorro y de allí a la prevención.”

 

Entre os varios fielatos que contorneaban a cidade de Ferrol, era moi frecuentado o de Canido, situado nas proximidades do camiño que descendía polo Raposeiro, cara a Malata. Neste fielato eran controladas as entradas procedentes de A Graña e da maioría das parroquias do municipio de Serantes, e entre elas a de San Martiño de Cobas. Á altura do antigo cemiterio había tamén un pequeno fielato consistente nunha sinxela caseta de madeira na que, segundo me contan, montaba garda un individuo veciño de Serantes coñecido como “O Pexetas”, quen adoitaba cubrir a garda nas noites invernais servíndose de follas de xornal coas que suplementaba as súas prendas de abrigo para poder soportar o frío.

 

Ademáis dos vixiantes aloxados nos fielatos, algúns cubrían os lugares apartados onde poidera introducirse matute, rondando en parella. Uns e outros portaban un garrote á vista e nalgún caso tamén levaban pistolas, dependendo do lugar e das circunstancias. Relátame Manolo Alonso que en certa ocasión un suposto matuteiro que tiña boas relacións cos fieles de Canido, fixo unha aposta cun deles. Debeu ser algo así:

 

“ (…)

—Mira Couce, mira; vosoutros credes que sodes moi listos, pero sempre hai algúen mais listo ca vos…

—¡ Veña, veña, Toñito. A min, se eu non o quero, non hai deus que me cole nada. Podes estar seguro –afirmaba o consumeiro Couce.

—Se ti o dis, pode ser… – detúvose un intre o Toñito– Pero mira, vouche facer unha aposta ¿ queres?

—Aver, ho, a ver que matinas – siguiulle Couce a corrente.

—¡Apóstoche mil reás a que vos paso un porco enteiro! –falou o Toñito.

O Couce e o seu compañeiro ollaron ó Toñito, como se toleara. Logo botaron as gargalladas… Tras un intre ó Couce chispeáronlle os ollos e dixo, coa voz tremendo:

—¡ Veña, si, queda apostado, si…¡ Mil reás! ¡ Qué ben me han vir!

 

Siguiu a conversa, entre chanzas e bromas, ata que cansaron.

 

Logo de varios meses, cando xa o Couce debía de ter esquecido a escea da aposta, tivo lugar un feito de aparencia dramática cando, tras un barbullo de berros e choros apareceu de súpeto, subindo polo Raposeiro, un grupo de mulleres, un home e dous rapaces, portando unha escada na que, tapado con varias sabas laporetadas de sangue, ía a corpo dun rapaz novo que amosaba a testa sanguinolenta e os ollos pechos.

 

Pasaron diante do fielato camiño do hospital, segundo dicían. Explicaron, de pasada, que o rapaz ferírase retellando na casa. Como sospeita o lector, no mesmo bulto no que ía o rapaz, acomodábase o feitiño corpo dun porco.

 

O Couce púxose enfermo varios días. Contan que o Toñito, á fin, non quixo cobrar a aposta. Por algo sería, digo eu.”

 

As xentes de Cobas, fundamentalmente as mulleres, adoitaban concorrer ó mercado de abastos de Ferrol con productos das súas colleitas tais coma patacas, ovos e mesmo leite. Coma un produto de irregular obtención13 pero de senlleiro aprezo, portaban tamén, percebes, centolas e outros peixes. O señor Benito do Marinero comentoume que por pasar una centola os consumeiros lles cobraban unha peseta. Normalmente, segundo Manuela Hermida, a esposa do señor Benito, ó pasar o control do fielato e pagar a tasa que lles correspondese, éralles entregado un recibo que as autorizaba para vender no mercado, sen o cal requisito terían que pagarlle a outro empregado de consumos que deambulaba pola praza de abastos. Como é de supoñer, tamén se daban argucias e picardías, entre as cales a máis común consistía en tratar de reter o recibo e, na viaxe de volta, o consumeiro lles satisfacía parte do seu importe en troque do tal recibo.

 

Un capítulo aparte merece o protagonismo das leiteiras, o cal servicio de suministro á cidade de Ferrol supoñía, ademáis dos ímprobos traballos relacionados coa colleta do leite, supoñía, digo, a cotiá odisea do seu transporte e distribución. A tal distribución era francamente penosa, xa que tiñan que levar o leite á porta de cada vivenda, tendo que subir un lote de escaleiras. En relación co transporte, cando o facían a pé, tiñan que atravesar camiños tortuosos cos cántaros asentados na cabeza, por medio dos “molidos” ou “rodelas”. Díxome a Manuela que adoitaban agruparse as leiteiras da parroquia para facer xuntas o camiño. Turnábanse para que unha delas, provista dunha linterna, guiase ás demáis por fragas e vericuetos entre os cales un deles trascorría remontando o monte de Chamorro e era coñecido como “o camiño das leiteiras”, de utilización primordial polas leiteiras de Esmelle. Era toda unha aventura cotiá na que do seu éxito dependía a economía de varias familias e que amosa unha engadida faciana á meritoria labor do matriarcado militante da nosa terra. O paso polo fielato era inevitable e algunha que outra podía levar de matute algún artigo, aproveitando o rebumbio do paso común e a familiaridade que poidese soster cos empregados do resgardo. Así, a señora Ángela López, da familia cobeña do Marinero, máis coñecida como Lita, relata como algunha leiteira conseguareaía pasar de matute nada menos que unha galiña. ¡Unha galiña viva, finxindo que levaba un bebé ó pediatra Vergara!

 

Lita López pertence ó que noutrora chegou e ser unha elite de leiteiras de Cobas, entre as cales segundo a Lita, amáis da citada Manuela Hermida, estaban a Bancaneta, Josefa do Prioiro, Virtudes da Fonte, Carmen do Quente e algunhas máis. A Lita do Marinero, que se ocupou como leiteira entre 1946 y 1964, é coñecida polo seu carácter extrovertido, de franca amenidade na súa conversa e formal disposición para levar a cabo actividades diversas. Moi predisposta ás festas é unha gran afeccionada ó baile, segundo ela mesmo nos confesa. Dunha morea de recordos que tivo a ben transmitirnos, selecciono soamente algúns deles, por imperativos do espacio limitado. Xa en fariña, direi que unha vez, ante o consumeiro Couce, mostrou tres ovos de galiña, expoñendo a inconveniencia de que lle cobrase nada polo seu paso. Pero como o señor Couce non transixira, ela desafiouno e rematou por esmagar os ovos na mesa do fielato ante o estupor do consumeiro.

 

Cando se estableceu o servicio de autobuses de Ramón y Suárez entre Cobas e Ferrol, que tiñan a súa estación na rúa do Sol, fronte ó bar da Jovita, consintiron os de consumos que as leiteiras e os demáis viaxeiros se baixasen e descargasen as súas pertenzas naquel lugar. Alí eran atendidos por un consumeiro de servicio, asistido por un garda municipal. Alguna leiteira adoitaba ocultar, coa complicidade dos donos do autobús, alguna cántara nun cuarto da estación ata que se ausentara o vixiante. Conta Lita que as veces eran acuciadas por un garda municipal, de coñecida mala uva, que sempre buscaba algunha posible irregularidade para multalas e en certa ocasión quíxoas sancionar por ter deixado as cántaras do leite na acera. Como elas negáranse a pagar as dez pesetas que pedía, levounas ó “cagarrón”, onde as mantivo catro horas en celdas separadas. Sairon as seis da tarde sen ter probado bocado desde que partiran de Cobas.

 

A Lita, como as demás leiteiras, comezou por ter que levar o recipiente do leite na súa testa. Para poder chegar con tempo a cidade erguíase moi cedo para facer o camiño en noite pecha, soportando fríos, choivas e inquedanzas . Certo día, cando algún aforro o permitiu, os pais achegáronse no tren deica a feira de Betanzos onde mercaron un burro que tiveron que levar camiñando ata Cobas. Para Lita aquela adquisición foi unha mellora fantástica xa que, a partir de entón serviuse do burro para transportar o leite ata Ferrol. Lémbrase que, máis dunha vez, foi consciente de camiñar durmida tirando das rendas do animal. Anos despois mellorou notablemente o medio de transporte cando se estableceu o servicio de autobuses.

 

Hoxe, á Lita López e as demáis leiteiras de Cobas e do resto dos nosos pobos rurais, quédalles a lembranza das xeiras pasadas, na que se mestura a morriña pola xuventude que xa foi e a satisfacción por ollar de lonxe ao pasado. Ese pasado que tendemos a mitificar esquecendo as amarguras.

 

Bibliografía e fontes

La mayor parte de la información procede de hemerotecas; la principal fue sacada de los periódicos locales El Correo Gallego y La Voz de Galicia. La restante procede fundamentalmente de la Biblioteca Nacional, a la que accedí por medio de su página web.

 

Teño a obriga e o pracer de citar tamén o excelente libro do noso amigo o historiador Guillermo Llorca (Ferrol: Memoria da vida cotiá, Ferrol, 2008, p. 42), amáis do tamén amigo Siro, quen nos encandila cada domingo coa maxia doutros tempos na súa páxina “Ferrol, Ferrol, Ferrol onde eu nacín”, no xornal La Voz de Galicia. Refírome á que dedicou as leiteiras de Cobas, claro.

 

Fixen tamén un lixeiriño traballo de campo. Lixeiro polo escaso tempo que lle dediquei, pero cheo de sustancia pola forza expresiva dos protagonistas que amablemente puxeron no meu coñecemento algunas cousas do pasado recente. Forte aperta ó Manolo Alonso, ó Benito López, a súa dona Manuela Hermida e a súa irmá Lita López, por terme atendido.

 

 

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NOTAS

1 Al implantarse la Primera República, tras la Gloriosa, merced al decreto del 12 de octubre “un movimiento espontáneo de las juntas populares ha puesto fin a la contribución de consumos”. Posteriormente fue repuesto el procedimiento recaudatorio por Decreto Ley del 26 de Junio de 1874, ante la necesidad de obtener recursos para los municipios y la incapacidad de las sucesivas administraciones para establecer un sistema más justo y coherente.

 

2 Fielato deriva del “fiel”, el mencionado dependiente de consumos o “consumero”.

 

3 El pincho era una especie de estoque metálico afilado en un extremo y enmangado en el otro, utilizado para ensartar envoltorios que indujesen a sospechar de su contenido. Solían utilizar mangos de paraguas desechados a los que les afilaban el regatón.

 

4 Adolfo Thiers llegó a ser un notable político francés de principios del siglo XIX.

 

5 Alrededor del Mundo. Año de 1902 09 12, p.9.

 

6 El Clamor Público, 22 enero 1852, p.3.

 

7 El Clamor Público, 17 febrero 1845, p.2.

 

8 A entrada do aceite de fígado de bacallao, como producto farmacéutico, estaba exenta de pago.

 

9 Aquel manifesto expoñía: “Despedidos los compañeros Juan Galego, Jesús Blanco y Baldomero Díaz, acudieron a esta colectividad, la que reunida en junta general y después de ver lo injustificado de sus despidos, acordó oficiar al arrendatario de consumos en forma cortés, pidiéndole la justa reposición de los referidos compañeros. Pasósele el oficio indicado, obteniendo como toda respuesta, y esta verbal, a los compañeros portadores del mismo, que él no reconocía la sociedad y que con ella y sin ella ESTABA DISPUESTO A TODO.

Ante esta actitud, propia de un burgués sin conciencia y sin educación, acordó esta sociedad, en nueva junta general, apelar a la huelga como último recurso que nos queda a los explotados para defendernos de la tiranía del capital. Y a la huelga vamos todos juntos, todos unidos esperando que nadie traicionará nuestra justa causa” Ferrol, 24 de Agosto de 1904.– La Junta Directiva.

 

10 Por tal motivo foron pechados no cárcere, amáis de Baldomero Díaz García que fora aprehendido o día anterior, Gerardo Ortiz Porto, Juan Galego Fernández, Matías López Bello, Jesús Blanede Rodríguez, Vicente Díaz Fernández, Hermógenes Castro, Esteban Cueto Costales, Juan Blanco Pita, Rosendo Durán Fernández, José Luaces Prieto, Juan Gómez Gómez e Francisco Otero Golpe.

 

11 Agás o viño, do cal so se consideraba a súa cantidade.

 

12 De El Correo Gallego, 19 de mayo de 1900.

 

 

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